MEMORIAS DE UNA INOCENCIA. Jugando a ser torero

MEMORIAS DE UNA INOCENCIA Jugando a ser torero

 alejandro lópez fernández
AUTOR: Alejandro López Fernández
NIF:         31.497.801-Z
Por el presente documento garantizo que el cuento titulado:

MEMORIAS DE UNA INOCENCIA
Jugando a ser torero

Presentado al X Premio Hucha de Oro, es íntegramente original  e ideado y escrito por mí y que, por lo tanto, ni es copia ni modificación alguna de otra obra ajena.

De igual forma, el cuento cuyo título se indica arriba, ha sido presentado en el Registro de la Propiedad Intelectual de Madrid y abonado su correspondiente Depósito Legal y cuyo número de Expediente provisional es : M-01328-1970. Todos los derechos de la obra me corresponden a mí, como autor de la misma, garantizando que sobre ella no existen cargas o limitaciones a los derechos de explotación.

Y como autor del mismo, acepto la totalidad de las Bases de la Convocatoria al X Premio para cuentos Hucha de Oro, de la Caja de Ahorros de Madrid.
En Madrid, a 12 de Diciembre de 1.970

 
Firmado: Alejandro López Fernández

 CAP. I EN SEMANA SANTA

La importancia no está en donde nacemos, ni el nivel social de nuestros padres, sino en cómo nos enfrentamos a la vida.
No todos tienen la misma cuna, ni nacen en el mismo hábitat, ni sus padres les pueden dar las mismas oportunidades. Jandro lo sabía, no porque fuese un chico inteligente, sino porque su padre, hombre que se hizo a sí mismo y al que nunca le importaron ni juicios ni prejuicios, ni clases ni aulas, así se lo había inculcado desde muy pequeño.
Tenía amigos en todos los niveles sociales; amigos del colegio de los Marianistas, hijos de los trabajadores de la empresa en la que su padre era el Director, gitanillos de San José del Valle y otros tantos más, pero, entre todos ellos, siempre tuvo una cierta predilección por Rafi. No le preguntéis por qué, no os sabría contestar, aunque lo cierto era que cada vez que se veían, la vida se convertía en una fabulosa odisea de final incierto y desconocido.
No iba a su colegio, ni tan siquiera estaba seguro de que asistiese a colegio alguno, lo que sí tenía claro era que, si la vida, su verdadera cátedra, no le proponía un riesgo al que aprender eludir, él solo se lo buscaba.
-Rafi, ¿no tienes miedo a caerte de ahí?- le preguntaba Jandro algunas veces y, siempre Rafi le contestaba sonriendo.
-“Canguelo tengo tó er que quiera; a vece tanto que, o aprieto er culo, o me voy por la pata abajo”- y se reía a carcajadas, pero nunca de sus “gracias”, sino de su diferencia de conocimientos con su amigo Jandro. Gitano de ciencia y “nacencia”, del centro del barrio de Santiago, sin mas nada que hacer que ayudar a su padre en lo que le pidiera y, el resto del día, o sea, todo, dedicado a enredar lo que estaba liso, o a complicar lo sencillo y fácil.
Esa era su vida cuando no se encontraba con el hatillo al hombro, escondido entre jaras y alambradas, esperando que un mayoral le dejase el camino libre para poder darle dos capotazos y medio a un  morlaco negro como la noche, con unos cuernos que parecían la adarga de D. Quijote en la portada del libro que tantas veces el pobre Jandro tuvo que empezar a leer.
No se veían con frecuencia; unas veces porque Rafi andaba por los caminos de Dios haciendo suyas las tardes de gloria en las Ventas, la Maestranza… hasta en China soñó alguna vez torear; otras, las más, porque el padre de Jandro era enormemente estricto con los estudios y, el poco tiempo que le quedaba libre, lo pasaba aprendiendo a jugar al tenis en el club.
¡Sí! Jandro tenía un club de deportes; ¡bueno!, era socio junto con toda su familia, pero era suyo, como los triunfos que con sus trece años ya había conseguido en un deporte que, en aquellos años en España solo podían disfrutar muy pocos. Y ese deporte fue el que les hizo conocerse y llegar a la amistad que ahora disfrutaban.
No quisiera complicar el tema pero, explicar aquella amistad, era harto difícil, aun hoy, cuando de ella solo queda un simpático recuerdo en la memoria de Jandro. ¿En Rafi? Quien lo sabe.
Y llegó la Semana Santa, notas colegiales y vacaciones lectivas. Si, lectivas, porque la norma, para todos los hermanos en aquella enorme casa en la que Jandro pasó toda su juventud, junto con su familia, era que, si se obtenían muy buenas notas, se estudiaría el veinte por ciento del tiempo de vacaciones. Si eran malas, no había vacaciones. En fin, dejemos los estudios a un lado y sigamos con la Semana Santa.
Era el tercer día de cofradías. Un esplendoroso Domingo de Ramos había abierto una semana que el tiempo parecía querer respetar, en la que todos los jerezanos se vestían como para ir a una gala especial; al fin y al cabo, en Jerez, la Semana Santa era eso, una fiesta religiosa que todos celebraban.
La llamada Carrera Oficial, comenzaba justo frente a los enormes balcones de la casa donde vivía nuestro amigo Jandro. En ella se reunía con sus amigos. Por supuesto que también los de sus hermanos y padres y, desde sus balcones, los chavales contemplaban y admiraban el paso de las cofradías.
Luego, la costumbre era salir a la calle y buscar las plazuelas, calles estrechas y sitios especiales, en donde ver pasar los “pasos”, tronos en otros lugares de España; era como sentir la Semana Santa más íntimamente, más de ellos. Por esos “sitios” se veían las largas “chicotás”, que era el tiempo que un trono estaba en movimiento entre dos paradas.
También eran los lugares desde cuyos balcones la gente cantaba “saetas”, canciones de agradecimiento o perdón que los cantaores ofrecían a sus imágenes; o, como Jandro decía, el “no va más”, que era ver como los “costaleros”, que eran los penitentes que, como promesa, cargaban sobre sus hombros el peso de los tronos y los llevaban durante toda la noche, bailaban esos enormes armazones de madera, oro y flores, bamboleando los palios de las Vírgenes, o haciendo que los cristos caminasen sobre ellos.
Sí, la Semana Santa de Jerez era eso, la Semana de ellos.
Se encontraron el Martes Santo, en la plaza Rivero, viendo pasar la Amargura, la única Virgen que nunca llevaba palio. Jandro, vestido de azul oscuro, camisa blanca y corbata; impecable, como tenía que ser. En frente, al otro lado de la fila de penitentes, Rafi, pantalones negros y tan estrechos que difícilmente podría haber entrado en ellos; camisa blanca, abierta, con chorreras y peinado hacia atrás ese pelo negro que tanto le molestaba en la cara. Sí, en Semana Santa en su pueblo se vestían de gala hasta los naranjos que, con sus flores a reventar, llenaban de olor a azahar las calles.
Rafi cruzó la calle, entre cirios encendidos y penitentes en silencioso proceso, sin importarle ni el respeto ni la oración que entre aquellos oscuros nazarenos flotaba en el aire de la noche y, cogiéndolo del brazo, le empujó cariñosamente hasta que estuvieron retirados del bullicio.
-“Chavó, er menda nesesita que mañana le lleves ar cortijo el Olivá”- Jandro, al oírle, abrió mucho los ojos.
-¿Otra vez quieres ir al Olivar?, mira que la última vez que te cogieron te avisaron. El mayoral de la duquesa es gente mala y lo sabes
-“Lo sé, pero también sé que mañana no estará. Sale San Mateo y es cofrade. Ademá, pior es er toro”- dijo sonriendo mientras daba un salto en el aire. Jandro lo miró. Tenía tres años más que él y mucho mas alto, pero desde que hacía un año le vio ganar la final de tenis de la provincia, se acercó a él con la desfachatez que le caracterizaba y le dijo: -“Chavó, me ties que enseñá a jugá a ezo y yo seré amigo tuyo”- y así fue como comenzó esa curiosa amistad.
-“Cucha niño, está to maquinao. Te trincas la bici y me vas a buscá a la salia pa La Barca La Floria; ya te rachela er menda en er camino”- sin darle tiempo a contestar, se fue de nuevo hacia sus amigos. Volviendo la cabeza, le recordó –“a primera hora, no te orvie”
“Algún día me meterá en un jaleo gordo y veremos como le explico a mis padres…” Pensaba Jandro mientras le veía alejarse en dirección a la calle Larga, lo que en aquella época se llamaba “Carrera oficial”. Típico andar de un chico seguro de su bella figura, pecho sacado hasta la exageración, codos atrasados y balanceando exageradamente las caderas. Quizás nunca llegase a ser torero, pero hechuras las tenía todas bien sobradas.
Sonriendo viéndole andar, Jandro se acercó de nuevo a sus amigos, sin hacer comentario alguno; aunque su amistad con Rafi era conocida por todos, nunca le preguntaron nada.
Terminada de pasar la Amargura, Jandro y sus amigos se dirigieron hacia la plaza de San Dionisio para luego, subir por la calle del Aire y, desde la Alameda Vieja, ver subir los “pasos” de otras cofradías por aquella calle tan estrecha e inclinada.  En fin, cosas de las gentes de Jerez y de su Semana Santa. Y allí lo vio por segunda vez. Un gesto de recuerdo y de nuevo desapareció entre la muchedumbre.
Lo cierto es que aquella noche se encontró con su amigo en varias ocasiones y, en cada una de ellas, Rafi le recordó la cita de la mañana siguiente.
Muchas vueltas le dio Jandro en su cabeza a la escapada que Rafi le proponía, porque no era amigo de mentir a sus padres y, lógicamente, explicar su desaparición durante toda una mañana le iba a ser difícil.
Se levantó temprano, desayunó y bajó las escaleras para ver si había llegado Enrique; era el topógrafo de la empresa donde trabajaba su padre. Lo vio hablando en la puerta y se acercó a él.
-Hola, Enrique, buenos días
-¡Hombre, Jandro, ¿cómo tú tan temprano levantado?
-Ya, es que necesito preguntarte donde vas hoy o si te quedas  a trabajar en la oficina.
-Ja, ja. Me agrada que te preocupes por mi trabajo, chaval, pero sí, hoy me voy a la Barca de la Florida, a tomar una notas de la nueva línea a Cádiz.
-Bien, solo quería saber eso. Gracias- y sin esperar salió corriendo y subiendo las escaleras, entró de nuevo en casa.
Sus padres ya se habían levantado, por lo que todos los preparativos tuvo que hacerlos con sumo cuidado, para no levantar sospechas de las prisas; las necesarias explicaciones las daría a su madre antes de salir de casa tan temprano. La madre, que por virtud que a Jandro siempre sorprendían y nunca llegó a comprender, cuando él hacía algo, ella ya estaba enterada de todo, así que era mejor informar antes de ser cogido en un movimiento en falso, ya que la mentira entraba en el área de los “pecados muy graves” que se pagaban duramente.

 CAP. II  LA  ESCAPADA

Salió de casa, bici en mano, a las ocho treinta de la mañana en dirección a la calle Honda, camino de la Estación del tren, para, pasando por debajo del puente de las vías, seguir carretera a San José del Valle. En la versión oficial que se había tenido que inventar para explicar a su madre aquel extraño madrugón, constaba que iba a acompañar a Enrique el topógrafo para hacer el trazado de un nuevo tendido eléctrico entre La Barca de la Florida y El Cuartillo, recorrido que haría con Rafi, camino del cortijo de la duquesa.
Cuando pasaba por la plazoleta después del puente, le oyó silbar, paró la bici y sin mirar, le esperó sobre el sillín. Con un seco ¡hola!, le apartó la mano izquierda y se sentó en la barra de la bici, poniendo el hatillo colgado de su cuello.
-“Empieza tú, que ya yo luengo te revelo”
-Relevo- le corrigió Jandro
-“¡Releches! ¿Mas fabelao? Pos ya está”- y acomodándose sobre la barra, le apremió –“y dale juerte que tengo tela gana; hoy ma levantao to inspirao, chavó”- y apoyando su cabeza sobre el manillar de la bici, se dispuso a dormir como si se acabase de acostar en una cómoda cama. Jandro reemprendió la marcha pedaleando lo más rápido posible.
La enorme recta que el trazado de la carretera tenía antes de llegar a Estella del Marqués, la hicieron a toda velocidad, porque, por la experiencia de Rafi, por allí acostumbraba a encontrarse con la pareja de la Guardia Civil que volvía de hacer las rondas nocturnas por los montes Propios, como eran llamadas las tierras propiedad del Ayuntamiento. Llegaron a Estella y a toda velocidad la cruzaron, dirección a Cuartillo y comenzaron la cuesta de subida.
La verdad es que en aquellos tristes, desolados y pobres años de la posguerra, en la España profunda había carreteras que, aunque con bastantes baches, socavones y hasta algún que otro matojo creciendo entre las agrietadas placas de alquitrán, comunicaban más o menos bien cómodamente los pueblos de Andalucía. Y raramente pasaba un coche; había pocos y un miércoles santo, los que disponían de semejante lujo, no acostumbraban a madrugar.
Llegada la suave cuesta, Jandro paró la bici. Se intercambiaron los puestos y Rafi comenzó su pedaleo con más bríos que los que a Jandro le quedaban. Tocándose el muslo derecho con la mano protestó.
-“Joia barra bici, ya te podía haber traio un cojín. Bueno, naja ya palante”- y comenzó a cantar unas bulerias.
No llevaban mucho recorrido en el pedaleo de Rafi cuando Jandro, poniéndole la mano en el brazo le comentó bajito
-¡Tírate a la cuneta que vienen los civiles!- impulsando al mismo tiempo el manillar de la bici en esa dirección. Ni miraron donde caían, si blando o duro, si propio o impropio; nada más caer al suelo, se escurrieron rápidamente, bici incluida, detrás de unos matojos.
Pasaron unos minutos y al poco les oyeron hablar mientras que sonaban los cascos de los caballos por el camino paralelo a la carretera. No llevaban prisa y eso le preocupó a Jandro porque era más fácil que les localizasen.
Los caballos, el verde tan característico de sus uniformes, el negro y brillante correaje, cruzándoles el pecho y sobre ellos, imperando sobre cielo y tierra, dueños y señores de cortijos y haciendas, de cielos e infiernos, los dos acharolados y brillantes tricornios sobre sus cabezas. Ellos, montando con la rectitud que la disciplina les imponía, parecían dos centauros caminando por sus dominios, buscando insignificantes microbios a los que fundir con sus fulminantes miradas.
El chico, con su cara completamente pegada a la dura y humedecida tierra de la cuneta, cerró los ojos, tensó los músculos y encogió brazos y piernas, como queriendo desaparecer detrás del semiseco matojo que lo ocultaba de la posible mirada de los guardias civiles. Y pensó en la bici, y en Rafi, y el mundo se le vino encima cuando, en ese estado de nervios oyó una potente y enorme voz que decía
-A tiro limpio voy a sacar a esos dos de ahí- fue tal el temblor que sintió en sus piernas que, clavando los dedos en la húmeda tierra, se ancló a ella para que ni los disparos de los fusiles de aquellos dos “civiles” le pudieran mover de su escondrijo.
-No sea usted duro, mi cabo, esos gitanillos solo se llevaron unos kilos de aceitunas; además, recogidas del suelo. Lo mejor es que, cuando lleguemos al cuartelillo, les damos dos pescozones y es suficiente como escarmiento. Déjeles marchar. Tome el cuarterón y el papel y vamos a liarnos unos cigarritos antes de llegar al cuartelillo.- Al oír esta segunda parte de la conversación fue tal el relajo y sensación de alivio que sintió Jandro que, ni aun habiendo caído encima de  una mata de espino, jamás se sintió mas a gusto.
Sí, pasaron de largo fumando sendos cigarrillos de picadura, posiblemente de cuba, Tres medallas de oro, Culbert o Montesinos que eran las que entraban de contrabando por la frontera de Gibraltar. Y se fueron alejando mientras ellos, sin mover un solo músculo, seguían con la vista su lenta desaparición. Cuando la curva de la carretera les quitó de sus vistas definitivamente, se levantaron, tomaron la bici y a la máxima velocidad que les permitieron sus adormecidas piernas, corrieron, sin perder el tiempo en montar en la bicicleta, hasta llegar al recodo siguiente de la carretera.
Tomando aire, Rafi le puso la mano en el hombro a Jandro.
-“Ma cagao”
-Y yo. Pues anda que no he pasado miedo ni nada.
-“Ya, pero er menda, con er canguelo, ma cagao de verdá”- y se señaló la parte trasera de los pantalones. Jandro dio un respingo separándose de él. Le miró el trasero, luego la cara y viendo la seriedad con la que Rafi le mantenía la mirada le insinuó
-¿No pretenderás seguir conmigo así verdad?- y se tapaba la nariz con la mano.
-“Está bien, chavó, deja que me vaya ahí patrá pa limpiame”
Al rato lo vio salir subiéndose los pantalones, como si nada hubiese ocurrido. Jandro, conocedor de la pulcritud que caracterizaba a Rafi, le preguntó enormemente sorprendido
-Pero ¿cómo puedes seguir con la ropa llena de … ¿Con qué te has limpiado?- Rafi se le quedó mirando muy serio y, cogiendo la bici por el manillar, se la ofreció a su amigo comentando al aire
-“No intiendo como la chusma, que se va dando de educá, sin la menó desensia husmea en la cosa íntiriore y pirsonales de lo demá”- sentándose en el cuadro de la bici, le espetó –“Naja ya ¿Es que nos vamo a queá aquí tor día?”
Jandro se acercó despacio, esnifando el aire con precaución y, viendo que la limpieza parecía bastante buena, tomó la bici y sentándose en el sillín, prosiguió viaje hacia el cortijo. Nada se habló entre ellos durante un buen rato, hasta que no pudiendo seguir callado tanto tiempo, Rafi le comentó
-“Con los carsonsillos; es que ya estaban pa tirarlos y totá, mi mare me los jace con retá de sábanas. No maquinará que me iba a aguantá con to la mierda pegá ar culo tor día. ¡Estos zeñoritos! se creen que los pobres semos unos guarros. Er menda se gasta los duros del estraperlo en comprarme un buen capote, un estoque de jierro, que vale una fortuna, y la ropa ya caerá de arguna jorma, pero, la poca que tengo, va más limpia que lo chorro del oro”- se acomodó en el cuadro de la bici y se dispuso a dormir de nuevo.
El pobre Jandro, incapaz de entender la filosofía de la vida de su amigo, lo dio por perdido, como tantas otras veces, y siguió pedaleando.
Unos kilómetros mas adelante, Jandro torció hacia la derecha por un camino vecinal en el que a unos doscientos metros apareció un cartel en el que se  podía leer “CORTIJO EL OLIVAR. TERMINANTEMENTE PROHIBIDO EL PASO”.
Jandro, al leerlo, paró el pedaleo y Rafi se bajó de la bici
-Rafi, ahí pone que está prohibido…
-“¡Chavó, yo ya jabelao lo qui pone en er carté; er menda lee chungo tela,  pero ya sé lo que pone en er carté! Se crierá er mayorá que por poné un carté me voy yo a arrengá. Pos no tie que poné carté ni ná y, aun asín, a mi no me canguela ni er morlaco más grande de la duquesa. A por él vengo. Sabrá creío er tío”- y comenzó a andar hacia la alambrada. Al poco, se paró.
-“Quieto aquí, que yo soy mu respetuoso con la órdenes de la duquesa. Vamos a escondé la bici en aquello matojo y nos vamo andando pegao a la alambrá”
-¿Pero no me acabas de decir que a ti no te para ni uno ni mil carteles?
-“Pos claro, listillo. Es pa escondé la bici y no la puean rachelá los andoba der cortijo. Er carté no lo pone la duquesa, son der mayorá. Er menda y tú nos vamos pallá”
Sin hacer objeción alguna, Jandro hizo lo que Rafi decía y, como éste había comenzado a andar mientras él llevaba la bici al matorral, tuvo que salir corriendo tras él para alcanzarle.
-¿Qué pasa, tienes prisa por encontrarte con esos demonios de ojos inyectados en sangre?
-“¡Ya te dicho que no le llame asín, joé!; lo único que a mi me jace farta es que tú me metas mas canguelo en er cuerpo; como no llevo ná ncima. Toma el jatillo y dame er capote que pa una faena en er campo es ma socorrio”- Al tomar el hatillo, Jandro vio cómo le temblaban las manos y pensativo le siguió despacio.
“¿Cómo un chico podía voluntariamente hacer algo que le provocaba tanto pánico?”, porque la cara de Rafi estaba blanca como la leche y a medida que se iban acercando al encinar donde pacía tranquilamente la manada, Rafi se iba encogiendo cada vez mas y en sus manos, agarradas al capote de tal forma que más parecía querer destrozarlo que usarlo como engaño, se le iban marcando las venas como si quisieran romperse en mil pedazos.
Pero, aunque su figura se encorvara y le temblaran las manos, en ningún momento notó Jandro una sola duda en su andar hacia la alambrada que limitaba la finca del Olivar, fija su mirada en la manada de toros y obsesivo en su decisión.
Le observó andar, buscando en su mente qué había en aquella cabeza, ahora no levantada con la gallardía con la que estaba acostumbrado a verle moverse por la vida, para conseguir el valor necesario y enfrentarse, con solo un capote como engaño, a una fiera de más de seiscientos kilos y con la fuerza de un camión de gran tonelaje.
Jandro pensaba qué podría hacer él en el caso de que el toro le enganchase con uno de sus pitones. Aunque la distancia a la que estaban los toros era grande, la enormidad de sus moles, comparada con la delgadez del cuerpo de Rafi, le preocupaba.
Es cierto que esta no era la primera vez que le acompañaba a un escarceo con algún toro alejado de la manada y que nunca había tenido percance alguno, pero Jandro era bastante sensato para su edad y comprendía que en el caso de que alguna vez un toro lo enganchase, él nada podría hacer por su amigo, excepto avisar a la Guardia Civil y esperar que la suerte no le abandonase.
Y, aceptando la decisión de su amigo, se sentó junto a un acebuche, para no quedar expuesto a la vista de quien pudiese pasar, y esperó a que aquello terminase.

 CAP. III LA TRANSFORMACION

Finalmente, Rafi se paró junto a la alambrada y se quedó unos instantes mirando. Sin decir palabra, levantó su brazo izquierdo y le señaló a Jandro un toro que se encontraba a la derecha de la manada, algo separado de ella. Dobló el capote sobre el brazo, miró en todas direcciones para comprobar que nadie vigilaba la zona y, agachándose, se metió entre los alambres de espino y entró en el cortijo.
Este era el momento que a Jandro le dejaba petrificado.
De pronto, la figura de Rafi se erguía hasta parecer más alto, sacaba el pecho y comenzaba a andar, como cuando la noche anterior, seguro de sí mismo y conocedor de su figura, salía airoso de entre el gentío para caminar hacia la calle Larga; ahora no, ahora su caminar era hacia la gloria, hacia su destino, hacia el toro negro como la noche que, desconocedor de lo que Rafi tramaba y ajeno aun a su presencia, seguía tranquilamente pastando bajo las ramas de una encina, buscando quizás algo de sombra para pasar las horas de calor que se avecinaban.
Veinte o treinta metros mas adelante, Rafi empezó a agitar el capote, llamando la atención del morlaco, hasta que este, viéndole acercarse, levantó la cabeza y se quedó quieto como una estatua  mirándole fijamente. Rafi dejó de agitar el capote, pero siguió acercándose al toro más lentamente, hasta el momento en el que, consciente de que había entrado en el terreno del toro, se paró y, volviéndose hacia Jandro, le sonrió y saludó, como brindándole la faena.
El toro se arrancó de lejos, recto, enorme, veloz, cabeza inclinada y unos cuernos que, desde donde se encontraba Jandro, ni la adarga de D. Quijote merecía consideración. Miró a Rafi, quieto, con el capote extendido delante suya, la cabeza algo inclinada a la derecha, como queriendo ver venir al toro y, cuando el morlaco daba la topetada para engancharle, Rafi dio un paso a su izquierda y colocándole el capote ante el morro, lo condujo a su alrededor, dejándole pasar, como cuando pasaba por la estación del tren una máquina de vapor tirando de miles de vagones de carga.
Fue un lance de brega para fijarlo, una verónica que dobló al toro casi hasta desriñonarlo, para dejarlo parado en seco a su lado. Se arrancó de nuevo, sin avisar y, Rafi, con otra nueva verónica, lo dejó pasar. Y una tercera, hasta que el toro se quedó un momento parado junto a Rafi. Este, cambiando de postura, le citó de nuevo, pero esta vez para recibir a la res con lances artísticos; una, dos chicuelinas. Se alejó un poco, para darle salida a la res y, de nuevo, una, dos, tres gaoneras, un farol y finalmente una larga.
Debió entender Rafi que ya había resabiado al toro suficiente porque, terminada la larga, fue retrocediendo hacia la alambrada mientras el toro, fijo sus ojos en él, quedaba como clavado en medio del lentiscal, posiblemente sorprendido por lo que acababa de ocurrir.
Algo pasaba por la cabeza de Rafi porque, llegando a la alambrada, en vez de salir inmediatamente, se volvió hacia el toro que aun seguía fija su mirada en él, y se quedó parado un buen rato. Jandro no quiso intervenir; sabía que la concentración de la que era capaz Rafi mientras estaba con su mente en el toro, cualquier alteración le podría sacar de su ensimismamiento y romper el encanto de su gran momento.
Finalmente, algo terminó porque, Rafi, se dio la vuelta y se acercó a la cerca.
Pasada la alambrada, miró a Jandro sonriente.
-“Eso iba por ti, pa que veas que er menda agradece lo que jaces por él y por las clases de pala que me ties que dá”- y tumbándose en el suelo comenzó a temblar.
Jandro, en pié, se le quedó mirando pensativo. Es cierto que a los trece años cualquier chaval le da muchas vueltas a la cabeza; se quiere aprender y entender a más velocidad de lo que es capaz de asumir la mente a esa edad y, como consecuencia, se organizan unas peloteras en la “olla expréss” que por esas edades se lleva sobre los hombros que, entre lo que quedaba “cogido con alfileres”, lo que se almacenaba en la memoria sin etiqueta identificativa y el verdadero aprendizaje, la mermelada mental valía para todo menos para entender nada de lo que les rodeaba.
Pero había que aparentar, estaba muy de moda parecer mayor de lo que uno era y una de las bases de dicha apariencia era el conocimiento. Así pues, viendo a su amigo tumbado en el suelo temblando le preguntó.
-¿Siempre te pasa eso cuando toreas?.- Fue girándose lentamente para mirar de frente la cara de Rafi. Este, sin abrir los ojos, ni tan siquiera inmutarse por la indiscreta pregunta de su amigo, le sonrió, quedándose callado y respirando profundamente. Fueron minutos en los que Jandro no supo que hacer; miraba a los toros, luego a Rafi, al camino por si se acercaba alguien, hasta que, finalmente, decidió sentarse a su lado en silencio.
-“¿Sabes?. A vece, hasta gomito, pero hoy no poía porque esta mañana no manducao na; era timprano y mi mare no había jecho na”- siguió un rato en silencio –“Cuando macerco a un morlaco ma entra una cosa  por entro que me llena er pecho de aire y no hay quien mi pare, pero cuando ya ha pasao to, mi trinca er canguelo y a vece hasta me pongo a llorá. ¡Ah! Pero esto que no sarga de aquí, que te juro que te rajo si lo jaces”
Un poco mas tranquilo con el monólogo, Rafi se incorporó y se sentó junto a Jandro. Le pasó el brazo por los hombros y siguió su monólogo.
-¿”Tu tas fijao, cuando lo estaba lanceando y pasaba ar lao der menda, la artura que tenía er bicho ese? ¡Chavó, cuando está ahí y lo ve venir, no pue cavilá má ná que jacé lo que te sale del arma! No pue mirarlo como a un toro y en cuando me sacerca, lo único que jaces es apoyá bien las sandalias en er suelo pa que, en er momento justo, estirá lo brazo y pasarle el engaño pegaito, pa que no llegue a cornearlo; asín lo fija en er capote y no te ve”- toma aire y sigue con la clase a su alumno preferido –“Eso bicho se encelan enseguía y si lo consigues ar primer capotaso, er resto va sobre grasa y ya, to lo que le jagas, te sale bien salio. Claro, er animá no pué está maleao, ni salirte revirao, porque entonce, iguá te dá una corná, o se orvia de ti ar segundo capotaso”
Ya puesto en pié, comienza a andar mientras prosigue su lección, con mejor color en la cara y mayor ánimo en el cuerpo.
-“Yo sé que lo que jago no está bien porque, ese toro, ya no es güeno pa una corría, lo he podio maleá, pero le dí poco capotaso pa evitá que se maleara; lo chungo es que nunca se sabe cuando er toro ya ha aprendío la lesión, hasta que no sale a la plaza y lo demuestra; pero es que no tengo otra jorma de praticá. Mi pare no tié parné pa llevarme a una escuela taromaquia, pero ar menda le dá iguá, o termino torero o me mata un morlaco; totá, pa seguí chirlando, o con el estraperlo…”
-Pero Rafi, hay otras cosas en la vida ¿no?. Yo no sé mucho pero mi padre siempre me dice que llegaré a ser lo que he elegido libremente, si en mi interior tengo la fuerza de voluntad necesaria. Tú puedes estudiar o trabajar, pero no quieres y…
-“No, chavó, estudiá ya estudié to lo que tenía que sabé, leé y escribí, lo demá ya lo iré prindiendo. ¿Currelá?. Er menda currela, lo que pasa es que el estraperlo hay que fabelarlo; se gana bien pero hay mucho farfulla metío. Ademá, cuando entramos alijos de cuarterones de Cuba, son los civile los que nos protegen porque luengo son los que nos compran. Nunca te lo quitan, pa eso son mu suyo, y te pagan el precio justo pa nojotro podé defenderno. Ahora, si metemos un alijo de reloje, entonce, si te trincan, te zurran tela”
-Pero, ¿ellos saben quienes sois? ¿Os conocen?- le pregunta Jandro sorprendido de lo que estaba oyendo.
-“Ezo se saben hasta las pieras que hay en los caminos, ende aquí a Gibrartá. Cuanto más sabemos nojotro, mas saben ellos. Tu haces un apaño de aceituna chirlás en un cortijo y, a los do días, tan  trincao ar que lo jizo y no fallan ni una”- se paró, montó en la bici y le hizo un gesto a Jandro para que se colocase en el cuadro y salir de vuelta a casa –“er menda y mi pare nunca chirlamo na, que ezo está penao y ar talego ni nombrarlo. Lo que sí jacemo, cuando el estraperlo no va, es buscá cosa vieja y trapicharla en otro sitio. Pero, casi siempre lo que jacemo es estraperlo, que como lo civile nos conocen, sabemo por onde jay que andá”
-Rafi, y tu padre, ¿sabe que eres un maletilla?
-“Si ar viejo se le escapase na de lo que yo jago, no sería mi pare. Tiene má ojo que una mosca y, ademá, tor er jatillo es suyo, que como ya no tié edá, me lo he arramplao par menda”
-Pero nunca me has dicho que tu padre sea ni torero ni novillero
-“Que vá, pisha, mi pare era maletilla, pero un día un novillo le dio un revorcón y dijo que sacabó, que pa canguelo ya taba bien canguelao y, como mi tío taba metío en esto der estraperlo, se fue con él y los trasto pos lo guardó par menda”- pedaleó un buen rato hasta que parando la bici en un recodo de la carretera donde había unos árboles moreras en la cuneta, que daban algo se sombra, le dijo a Jandro que se bajase.
Se acercó a unos matojos cuyas hojas le recordaban a Jandro las cepas de las altas palmeras de las plazas de Jerez y vio como Rafi, golpeaba con su pie, con fuerza, una de las matas, hasta que parando, con las manos tiraba hacia arriba de las hojas centrales. Al ver que no cedían, volvió a repetir el pateo; de nuevo el mismo movimiento.
Jandro, aburrido y sin entender nada, miró hacia arriba y vio como los racimos de flores de la morera comenzaban a florecer. Aquello le recordó un pasaje de pasado verano, también con el desconcertante Rafi.
“Volvían de una excursión para comprobar donde se encontraba la manada de toros de uno de los cortijos cercanos a Jerez. Entonces, cada uno iba en una bici; Rafi, al llegar a un lugar de la carretera en donde había varios árboles, se tiró de la bici y subiendo a la morera comenzó a comer moras negras y deliciosas. Jandro, al notar el jugo gástrico presionándole en su estómago, intentó subir también, pero la altura de las ramas bajas era demasiada para él, y miró a Rafi. Este, de inmediato, le empezó a dar puñados de moras, frescas y dulces.
Al rato, Rafi saltó al suelo y le señaló la camisa
-“¡Pisha, tu mare, cuando te vea, te va a poné ar cardo!- Jandro se miró y se quedó petrificado al comprobar cómo se había manchado toda la camisa de manchas moradas
-Pues como no encontremos agua para lavar las manchas, me va a caer un bien gorda- intentando refregarse las manchas para ver si se quitaban
-“Tate quieto, chavó, que la va a liá der tó. ¿Pero, en la escuela ques lo caprendéi, chavó? Va a quitá tú una mancha mora con agua cuando vengan lo quinto de Cuba”- se montó en la bici y le conminó -¡naja ya, pisha, que no tengo tor día!”- Jandro se subió a la suya y sin mucha atención a la carretera, siguió pensando qué excusa le daba a su madre por las manchas.
Unos cinco kilómetros más adelante, antes de llegar a la azucarera jerezana, Rafi paró de nuevo
-“Baja, chavó, y fabela bien ar maestro”- le señaló un árbol junto a la portada de entrada a la azucarera –“trinca una cuanta mora desas y frégate bien la lámpara”- y levantando la cabeza con orgullo, siguió –“y no te lo güerbo a ripití, que ya ere mayó paprendé”
Jandro, sin entender nada, se acercó al árbol y buscó las moras negras, pero no vio ninguna. Fue a volverse hacia Rafi para decírselo, cuando le oyó de nuevo
-“Niñato, quesa son verde, que no tentera. ¡La mare que lo parió! ¿Qué va a darle con má  morá? ¡Anda qué…! Zeñorito pan pringao, que no vale pa ná”- Jandro, al mirar de nuevo a la morera, inmediatamente se dio cuenta de que las moras de aquel árbol eran verdes, y así lo hizo; al rato vio como las manchas habían casi desaparecido y asombrado volvió a la bici. Como siempre, ya Rafi había comenzado a pedalear en la suya, olvidándose de su amigo. Jandro subió rápidamente en la suya y comenzó un fuerte pedaleo para alcanzarle. Al llegar a su altura, le gritó
-¿Es que nunca vas a esperarme? Ni que tuvieras prisa por llegar, si luego no tienes nada que hacer- Rafi, como si las palabras de jandro se las llevase el viento, siguió su ritmo -¿Quien te ha enseñado eso de las moras, Rafi?
-“La via, pisha, que es la mejón escuela der mundo mundiá. Y naja juerte, que ya es mu tarde”- y siguieron para casa”
Cuando, perdido en sus pensamientos, Jandro se quiso dar cuenta, ya Rafi estaba en pie comiendo algo amarillento. A Jandro se le abrió el apetito
-¿Qué has encontrado para comer?
-“¿Encontrá? En er campo no se encontra ná, niñato; er que tie jambre sabe onde hay comia, meno lo zeñorito pan pringao, que con tanta escuela no saben onde tien los pie”- y echando su mano a su espalda, sacó otro corazón de palmito y se lo tiró a Jandro –“¡anda, chupa y traga, que aunque ya está argo pasao, pa quitá er aguijón bien vale”
Jandro lo saboreó con verdadero placer y al rato le preguntó
-¿Como lo has conseguido?
-“¡Claro, como er niñato se dedica a maquiná en la nube mientra er maestro lenseña, pos no rachela ná! A patá, chavó, a patá. Gorpea er parmito hasta que, tirando juerte, sale er corajón, ende luengo, te lo jama”- y tirando el resto de su palmito –“Enga, ámono que no tengo tor día”- se montó en la bici y esperó que Jandro lo hiciese en el cuadro. Con su palmito, disfrutando de su dulce y ácido jugo, en la mano, Jandro se subió a la incómoda barra de la bici, mientras que en su memoria iba guardando todas las enseñanzas que la dureza de la vida había inculcado a fuego en la mente de Rafi y éste le entregaba gratuitamente.
Para su aun corta edad, Jandro tenía plena conciencia que en aquel intercambio de enseñanzas, que libre y voluntariamente se prestaban ambos, él salía ganando con creces, pues sus lecciones se podían recibir en cualquier colegio de la época, pero las de Rafi, difícilmente podría encontrar a otro maestro que las impartiese. Lecciones de oro que él se encargaría de conservar en un adecuado lugar, de su memoria y de su corazón.
Rafi, ajeno a sus pensamientos, se puso en marcha, pedaleando con fuerza y conocedor de lo tarde que se les había hecho.

 CAP. IV MERECIDO CASTIGO

No quisiera entristecer esta historia con la descripción de la escena que Jandro se mereció y vivió a su vuelta a casa; ni después de tantos años pasados y vividos, aun haya podido encontrar justificación a su comportamiento y a las mentiras que la amistad y la afición, casi obsesiva, de Rafi le obligaron a contar a sus padres, en absoluto merecedores de ellas; lo cierto es que el pobre y mentiroso Jandro tuvo como castigo no salir a la calle, excepto para asistir al colegio y al club para practicar el tenis, hasta las vacaciones de verano.
Solo hubo una excepción, ya que el Viernes Santo salía la cofradía de la Virgen de la Soledad, de la que Jandro era cofrade y sus padres, sabiendo la ilusión que él siempre tenía durante todo el año por aquella noche, le permitieron procesionar con su Hermandad.
Desde la salida de casa, vestido con su túnica negra y morada y su capirote en la cabeza hasta la llegada de vuelta, transcurrieron nueve largas horas, durante las cuales, y de acuerdo con las normas de la cofradía, el chico estuvo en absoluto silencio. Tiempo que le valió para comprender la tontería que había cometido, el error de mentir a sus padres y la razón del castigo impuesto; suficiente tiempo como para nunca más volver a cometer los mismos fallos.
También es cierto que otro de los atractivos que tenía salir de cofrade, con la cara cubierta, por lo que nadie le podía reconocer, era lo entretenido de ver a amigos y enemigos mirando el paso de la cofradía por todo Jerez.
De esa guisa pudo ver a Rafi en varias ocasiones, también a Luís, Joquín y Miguel, siempre juntos y, en la zona de los palcos, a los amigos de sus padres.
Terminada la Semana Santa, muchas veces, durante el castigo, el tenaz y desvergonzado Rafi le salió al paso para exigirle el cumplimiento de su promesa, a lo que Jandro siempre le contestaba
-Espera a que termine el castigo; hasta entonces vente a verme practicar al club, no quisiera que mis padres te relacionasen con aquel día porque, entonces, nunca podré enseñarte a jugar.
-“Chavó, es que tu pare es mu sieso. Dile que cuando llegue a torero no le voy ni a dejá entrá en la plaza. ¿No vé que yo necesito jasé ese ejersisio pa está en forma? ¿Ma cogio tirria? ¿Seguro que no las dicho que te viniste cormigo ar cortijo?”- insistía una y otra vez, posiblemente temeroso de que el padre de Jandro, con toda su influencia, le enviase a los “civiles” a casa y lo encerrasen una temporada.
-Rafi, te he dado mi palabra de honor que nada les dije. Me inventé una “trola”, mintiéndoles, y diciendo que me fui con los gitanos de San José para no implicarte en el castigo, pero, por favor, no me pidas que te acompañe hasta que el terremoto y sus efectos hayan pasado. Este verano volveremos a vernos y te enseñaré a jugar.
-“Ya, pero es que en verano hay corrias en la plaza y mi plan se tendrá que atrasá. Bueno, ya te buscaré otro día, que hoy tas mu raro”- y dándose la vuelta, se iba caminando lentamente hacia otra ocasión, como siempre.
Transcurrieron los meses, por supuesto, con sus correspondientes encuentros a la ida o vuelta del colegio. Jandro lo veía tras las mallas de la pista de tenis; serio, siempre observando detenidamente y, conocedor de la diferencia de clase social que había y que en aquellos tiempos era bastante notoria, alejado de cualquier socio que le pudiera poner en algún aprieto por su estancia en tan “exquisito” club.
Aquel jueves por la mañana, día en el que, en el Colegio, se daban las notas semanales, Don Julio, profesor de Educación Física y preparador del equipo de fútbol del Colegio, al salir de clase, llamó a Jandro
-¡Tengo entendido, por tu prefecto, que esta semana te has superado en las notas y eso me alegra, porque tienes muy abandonado el deporte y en el equipo te necesitamos!
-Don Julio, perdóneme pero no es que yo no quiera jugar con el equipo, es que mi padre me ha castigado hasta final del curso
-¿Y eso? ¿Qué pillería has podido hacer para tan fuerte castigo?- Jandro se encogió de hombros, pero no dio explicación alguna; bastante tenía ya con el castigo y la confesión que le había tenido que hacer al Padre Hipólito para que le perdonase la mentira –Parece que no quieres hablar de ello. De hacerlo, quizás yo pudiese interceder ante tu padre para que te permitiese venir los jueves a jugar. Además, el equipo del colegio necesita un extremo como tú.
-Si usted tiene mucho interés, hable con mi padre, pero no creo que cambie en su decisión.
Don Julio así lo hizo y debió tener gran poder de convicción porque a partir de aquel día todos los jueves por la tarde, Jandro volvió a jugar al fútbol con su equipo y algunos goles cayeron en aquellas tardes, aunque su verdadera pasión siempre estuvo a favor del tenis.
En Abril llegó la feria, pero Jandro, aun estaba bajo el influjo de las consecuencias de unas mentiras que jamás debió decir, y los días pasaron viendo como sus hermanos, mañana y tarde se iban, ellas vestidas de gitanas, ellos, arreglados pero frescos, pues ya casi entraba Mayo y el sol calentaba más de la cuenta, para una feria que Jandro no disfrutaría.
Se encontraba aquella mañana del viernes sentado en uno de los sillones del salón de su casa, leyendo un tebeo del Guerrero del antifaz, su héroe favorito, y oyendo en la radio los lejanos sonidos de la feria que, la emisora local radiaba para todos aquellos que por necesidades o incapacidades de la vida no podían asistir al recinto ferial, cuando entraron sus padres. Le miraron sonriendo mientras él, ajeno a todo lo que no fueran las proezas de su héroe, seguía leyendo.
-Hijo, nos vamos a la feria, que nos han invitado a comer en la caseta de unos amigos
-Sí, mamá, estupendo. Si veis a los padres de Luís, que le digan que me llame por teléfono, que mañana tenemos que ir a los Jesuitas a hacer un trabajo para las misiones…
-¿Por  qué no se lo dices tú?
-¡Mamá, pero si está todo el día en la feria! No lo veo desde el lunes y le llamo por teléfono y nunca está en casa
-Pues díselo en la feria, hoy- intervino el padre sonriendo, viendo la cara de asombro de su hijo al oírle
-¿En la feria? ¿Yo? ¿Me dejáis ir hoy a la feria?
-Pues sí, tu madre y yo hemos hablado y pensamos que porque hoy vayas todo el día a la feria, no perjudicamos la intencionalidad del castigo impuesto. Así que, prepárate que como tu madre y yo vamos en coche, te vienes con nosotros. Ya allí, campa por tus respetos- cuando aun las palabras del padre sonaban el ambiente del salón, ya Jandro estaba en su habitación cambiándose de ropa y recogiéndolo todo, como si en su habitación fuesen a pasar revista todos los sargentos del ejército juntos.
Era tal la velocidad a la que iba que, sin darse cuenta, pasó junto a sus padres, en dirección a las escaleras de salida y, al oír que su padre le llamaba, paró en seco y se volvió
-Es que pensé que me esperabais en el coche- se excusó tímidamente. Juntos salieron hacia el garaje donde Pedro, el chofer del padre, les esperaba en el coche. Como pavo real, rondando a la pava en época de celo, entró Jandro en el coche, sentándose junto a Pedro y sus padres, en el sillón trasero.
Su llegada a la feria fue como la salida por la puerta grande, a hombros de sus admiradores, de un torero en tarde de gloria pero, en este caso, sin que nadie le viera; ninguno de sus amigos andaba cerca para poder lucir su llegada. En realidad no le importó mucho, aunque siempre, un baño de multitudes limpia y purifica nuestra soberbia y engrandece nuestro ego. ¡Bah! Ya se daría otra ocasión.
Al ir a besar a sus padres para buscar a sus amigos, su madre le dio algo de dinero que Jandro no quiso aceptar pero que ella, conocedora de las “necesidades” de una feria, insistió hasta que lo guardó en su bolsillo.
Paseó solo por el Real buscando a alguno de sus amigos; al no encontrar a ninguno, se acercó a la calle de las atracciones y, entre gritos de vendedores, sirenas de “cacharritos” de feria, giros de noria y toboganes, buscó por si encontraba el rastro de alguno de ellos. No fue así, pero lo que ocurrió fue que le encontraron a él. Andaba viendo salir al público de un “cacharro” llamado El túnel del horror”, que sabía le gustaba mucho a Joquín, cuando le pusieron la mano en el hombro.
-“¿De onde sale tú, chavó? ¿No tabía castigao er sieso de tu pare pa toa la vía?
Al volverse se encontró con Rafi y tres amigos más que no conocía, por supuesto, todos mayores que él. Sonrió al verle
-Hola Rafi. Pues ya ves, hoy me han dejado venir a pasar la tarde- y mirando a quienes le acompañaban -¿son amigos tuyos?
-“Y tuyo, que pa ello tú ere sagrao”
-Pero… ¿ellos saben quien soy?
-“Mira chavó, en tor barrio Santiago ere más conosio que la Flore, y mira que la Lola la conosen hasta la piera”- y volviéndose a sus amigos –“¿sierto o no sierto?”- todos afirmaron con la cabeza, pero sin decir una sola palabra. Rafi, pasándole el brazo por los hombros en plan protector, se lo llevó hacia la noria gigante. Cuando llegaron se quedó parado mirándola girar
-“Chavó, ¿Tú ta dao cuenta la jartura dese cacharro? Ende arriba se tie que fisgá to Jeré. A mi, na má verlo me da cangueli tela”
-¿Nunca te has subido a la noria?
-“Mi arma, yo tengo meno parné quel tuerto Mané, que está como la mojama ende que lo parió su mare”
-Pues si quieres montarte en la noria, yo te invito; bueno, os invito a todos
-“¿Tú tie parné pa la entrá?”- Jandro, sin contestarle, se acercó a la taquilla y compró diez pases. Se volvió a Rafi y sus amigos y les empujó hacia la puerta de entrada. La noria estaba parada en espera de cargar más clientes. Aunque algo reticentes a la entrada en una de las canastas de la noria, Jandro los empujó lo suficiente como para romper el inicial recelo
-¿Ahora va a resultar que os da miedo un cacharro de feria? Como os vean los del barrio se van a reír de vosotros- el poder de convicción de las palabras de Jandro tuvieron su efecto de inmediato y los cuatro subieron rápidamente. Una vez dentro, el hombre de la noria y en base a la diferencia de peso entre ellos, los colocó de forma que la canasta fuese lo más equilibrada posible. Para cargar la siguiente canasta, le dio un pequeño giro a la noria que movió la cesta hacia arriba. Así fue sucediendo a medida que las canastas se iban llenando de clientes, hasta que en la que iban ellos llegó a la máxima altura.
El espectáculo de la vista de Jerez, y su campiña, desde aquella panorámica era extraordinario y los cuatro amigos, extasiados, miraban en todas direcciones, eso sí, haciendo sus movimientos con sumo cuidado porque, el balanceo continuo de la canasta de la noria no les estaba convenciendo en absoluto. Jandro los observaba mientras que, entre ellos, comentaban las vistas que jamás en su vida habían podido admirar.
Y la noria, una vez completada la carga, comenzó su girar. Cuando aquella barquilla comenzó a bajar a cierta velocidad, los ingrávidos cuerpos de aquellos chicos comenzaron a notar un cierto malestar en sus estómagos, sobre todo, Rafi y el más alto de sus amigos, que no hacía ni media hora que habían “chirlado” alguna descuidada manzana con caramelo, trozo de coco o cualquier otra golosina típica de las ferias, en los momentáneos descuidos de sus respectivos dueños.
A la tercera vuelta de la noria, entre la sobrepresión de la subida y el súbito cambio a la ingravidez relativa de la bajada, no pudiendo aguantar más, empezaron a “largar” por la boca todo lo que habían chirlado y algún que otro intestino más. Aquella papilla maloliente cayó por todos lados, sus pantalones y los de aquellos que estaban sentados enfrente de ellos; Jandro tuvo suerte, pues “largaron” los dos que se sentaban a su lado, pero, aun así, sus zapatos quedaron hechos una porquería.
¿Como parar una noria en plena carrera, si el que la controlaba andaba charlando con los clientes explicándoles Dios sabe qué dudas? Aun dieron tres vueltas más, pero, lo cierto es que, una vez “largada” la “carga de profundidad”, sus estómagos se fueron calmando y la normalidad volvió a la canasta, excepto el desagradable olor que, por mucho que girasen siempre seguía con ellos. Lógico ya que toda la “carga” había quedado en el suelo de la barquilla. La suerte para Jandro fue que al ser la primera canasta que se llenó, también pudo ser la primera en ser evacuada, por lo que, al ver que les abrían la puerta de acceso, los cinco salieron como almas que lleva el diablo. El que cuidaba la noria, riendo a carcajadas, se acercó a una manguera y conectándola, limpió los restos de la escabechina culinaria de Rafi y su amigo, con una maestría propia del que está acostumbrado a realizar dicho trabajo. Jandro, una vez fuera, les enseñó el otro paquete de pases de la noria
-Tengo para otro paseo más. ¿Os apetece ahora, que ya no podéis vomitar nada más?
-“Er zeñorito de pan pringao quiere cachondearse de tos nojotro. ¡Niñato, ahí no subo yo má ni muerto! Y jeso, lo tira o se lo trapichea a arguien”
-Como quieras Rafi, pero, si tú te encargas de “trapichearlo”, igual tenemos para comprar alguna cosa para comer. Hablar de comer y volverse todos como con un resorte fue automático. No tuvo tiempo Jandro de retirar la mano con los pases, cuando ya Rafi se los había quitado de un  tirón. Se acercó a la cola de la taquilla y, antes de pensarlo, ya había “colocao” los pases a cinco personas que esperaban la cola.
Con todo el respeto del mundo, el dinero que le habían dado se lo entregó íntegro a Jandro
-“¡Enga, chavó! Por sé tú, er menda y mis amigo te vamo a acertá la invitasió; pero que te quee claro que na má que una vé, que en de luego te tomá confiansa que no ta dao naide”- y sin esperar respuesta, se fue directo al primer “puesto” que encontraron a su paso. Jandro comprobó todo el dinero que su madre le había dado y viendo que daba para bastante más que para comprar una golosinas, mientras ellos cogían unas manzanas con caramelo, él se acercó a un “puesto” de buñuelos y compró un gran cartucho.
Se acercó a los amigos y se lo ofreció.
Sorprendentemente, ni una mano se movió para coger el gran cartucho de buñuelos.
Jandro, bastante observador para su edad, el tiempo que llevaba compartido con los cuatro amigos, había ido observando que los tres amigos de Rafi, mientras que éste no hacía un movimiento de ir en un sentido u otro, un gesto para aceptar algo de Jandro, no se movían. Era como si entre ellos hubiese una especie de norma  militar que no les permitía moverse mientras que su teórico “jefe” no lo autorizaba.
-¿Qué ocurre?- preguntó sorprendido Jandro, al ver que ellos no cogían buñuelos -¿No os gustan los buñuelos?
-“Ocurre que nos tas tosigando con tanto dá. Nojotro no tamo costumbrao a que nos den to grati. Ezo ocurre, chavó”
-Pues, lo siento, pero ya los he comprado. Si no los queréis, tranquilos, que ahora mismo se los regalo a esa gitana que va por ahí con los chiqu…- no pudo terminar la amenaza; de un tirón, Rafi le quitó el paquete y sin coger ninguno se lo ofreció a Jandro
-“¿Tú no va a manducá na?”- y Jandro cogió el primero de los buñuelos, comiéndoselo con verdadero apetito.
No duraron mucho, quizás ni les dio tiempo a enfriarse, pero el hambre era grande y los buñuelos estaban riquísimos. Terminados, Jandro, que siempre llevaba su cabeza dándole vueltas, se acercó a Rafi y tiró de su brazo, apartándole de los amigos
-Rafi, ¿Te puedo preguntar algo?
-“Prigunta lo que quiera, chavó, quer maestro tesplica to la cosa de la via”
-¿Por qué tus amigos te obedecen en todo? Me he dado cuenta que mientras que tú no les haces un gesto, ellos ni se mueven. ¿Tú eres el que más manda en la pandilla?
-“¡Qué va, na de eso! Lo que pasa es que nojotro no tamo costumbrao a dir con zeñorito y como lo zeñorito son mu raro pos no sabemo qué jay que jasé nunca. Er menda si, porque ya te conosco, y por eso ello ma peran a que jaga yo lo que sea”- se volvió a sus amigos –“Er niñato prigunta si yo soy er jefe der cotarro”- al oírlo, todos rieron, pero ni una sola palabra
-Rafi- insistió Jandro -¿Y por qué no dicen nada? ¿Son mudos?
-“Po porque no ta conosen. Güeno, er Tostao no, ese es muo, le rajaron la machiri jase tiempo. Er Largo no tie pelo en la machiri, pero es mu suyo, mu callao y el Fati larga tela, pero como no te conose…”
-¡Vaya! Veo que todos tenéis apodos, menos tú
-“¿Apo… qué? ¿Que jeso?
-Mote, alias, sobrenombre. Vamos, que a ellos no les bautizaron con esos nombres, que se los habéis puesto vosotros
-“Ya, pos no, que yo tambié tengo un …lo que se llame de eso”
-Y ¿Cual es tu apodo?
-“Yo ma llamo Er Menuo”
-¿El Menudo? ¡Hombre, a partir de ahora te llamaré así, me gusta más que Rafi
-“¡A ve si te voy a tené que torteá, chavó; confiansa ni una; ¿tan terao? ¡Na, lo de siempre; esto zeñorito se creen que puen dir por la via apisonandolo to! Pa ti, Rafi, y cuando sea torero, maestro o don Rafaé. ¡Ya tá!”
-Bueno, no te enfades. ¿Me acompañáis a buscar a mis amigos? Deben estar por el Real, pero no los he encontrado antes. Además, si llegamos hasta mi caseta, bueno, la de la empresa donde trabaja mi padre, os invito a tomar una granizada y algo de comer. Rafi miró a sus amigos y viendo que no se negaban, se puso al lado de Jandro.
-“Disme a cuá de tu amigo jay que farabusteá”
-Están todos juntos, seguro. Al que te sea más fácil
-“Para ahí, chavó, queso ta jecho”- y volviéndose a sus amigos –“Cucha, Largo, farabustea ar zeñorito der topé, en que lo rachele, mavisa. ¿Ma jabelao? Pos naja ya”- y volviéndose a Jandro –“En na lo tié aquí”
-¿Que le has dicho Rafi? No te he entendido. ¿En qué idioma le has hablado?
-“¿Indioma? ¡Qué indioma ni ná, chavó, lahablao en cristiano, si no, no mantiende”
-Pero conmigo no dices esas palabras tan raras. ¿Qué significan farabu.. no sé qué y jabelao?
-“¿Ajora te va interesá tú po er caló? La dicho que lo busque y que si me ha entendio, na má, mi arma. Y deja de meté tus napias en mi asunto”
Y allí aparecieron sus amigos. Jandro, al verlos llegar, seguidos por “El Largo”, se volvió a Rafi para preguntarle como hacían ellos para encontrar tan rápidamente a la gente, pero Rafi, nada más llegar los amigos de Jandro, se apartó de ellos y se quedó, algo rezagado, con sus amigos del bario. Jandro les hizo señales para que se unieran a ellos y, algo reacios, se acercaron más. Todos juntos se fueron a la caseta de Jandro en donde les atendieron como se merecían las “personalidades” que le acompañaban y, sobre una mesa de madera en el entarimado que tenía la caseta delante, en todo el centro del Real de la feria, sus refrescos, granizada de naranja y limón, zarzaparrilla y sus platos de patatas fritas, calamares fritos, filetitos de lomo, riñones al jerez y todo tipo de comidas típicas de la feria.
Así pasó Jandro su único día de feria de aquel nefasto año, pero siempre lo recuerda con cierta nostalgia. El alma humana es muy compleja, e influye en la memoria, haciendo que las malas vivencias se vayan almacenando en los rincones más recónditos e inexplorados; sin embargo, las cosas buenas pasadas, se mejoran con el tiempo, llegan hasta convertirse en sorprendentes “milagros” vividos y perduran hasta nuestra muerte.
Terminada la agradable y abundante comida en la caseta, Rafi y sus “tres muditos”, hicieron “mutis por el foro” y desaparecieron entre la muchedumbre que a media tarde abarrotaba el real y alrededores. Jandro, ya con sus amigos solos, se dedicaron a “hacerse los encontradizos” con algunas “chicas” o a pasear sin más que ver y ser vistos.
Las ferias son así, vestir beber, comer, pasear, ver y dejarse ver, que ya es suficiente “trabajo”

 CAPITULO V LA ESCUELA

Finalmente llegaron las vacaciones; junto a ellas, las notas del colegio que aquel año, al no haber tenido otras distracciones, fueron excepcionalmente buenas.
Los amigos, Joquín, Luis, Chiqui y Miguel sí tenían acceso abierto a la casa de Jandro y, lógicamente, durante aquel largo curso escolar, siempre le fueron a ver, charlar y comentar sobre chicas y otras virtudes de la vida, pero nunca ninguno de ellos le preguntó nada sobre el motivo del castigo.
Sabían, porque le conocían muy bien, que el padre de Jandro, si castigaba, seguro que tenía motivo suficiente y si Jandro callaba, el silencio era respetado por todos. Gran amistad que aun perdura, tengo entendido.
No hubo regalo por las excepcionales notas, ni Jandro ni sus hermanos lo esperaban, ni tenía que haberlo; como principio, todos los hermanos sabían que su única heredad sería la carrera que consiguiesen hacer y, a mejores notas, mas posibilidades.
Respecto a los “obligados y duros” estudios, nunca Jandro podrá olvidar la única vez que a lo largo de la convivencia con su progenitor, este hizo referencia a la situación política que a Jandro le había tocado vivir.
“Quisiera explicaros, hijos, algo de lo que ha ocurrido y cuyas repercusiones en estos momentos vivimos; no olvidéis lo que os voy a decir. Los españoles, todos, hemos padecido una guerra civil y estamos viviendo las consecuencias de ella, en la que hubo solo perdedores, España y los españoles, pero, digan lo que os digan, quienes quieran que fuesen, todos los españoles, en mayor o menos medida fuimos culpables. Unos, por llegar a permitir una situación política y laboral absolutamente insoportable y que estaban llevando a España al desastre total; otros, por no ser capaces de encontrar mejor solución que un levantamiento en armas, enfrentando a las dos mitades de los españoles y dejando en el camino tantos muertos que nunca jamás podremos olvidar. Por eso os quiero pedir que, por muy mal que la política se lleve a cabo y que la situación económica sea desastrosa, buscad cualquier solución posible, incluso dejando tirados en el suelo la soberbia y el amor propio, antes de volver a otro nuevo enfrentamiento entre nosotros”
“No fuisteis culpables de nada, pero os tocó vivir las consecuencias y una de ellas es la responsabilidad “añadida” de levantar España hasta el lugar que nos gustaría estuviese en Europa y el mundo. Para ello, solo os puedo dejar lo único que tengo, “conocimientos”; estos solo se logran estudiando y es por ello por lo que me intereso tanto por vuestros buenos resultados en el colegio”
Sí, después de tantos años, aun suenan esas palabras en los oídos del chico. Pero, no nos alejemos del fondo de este “cuento”, ya que en él, Jandro no es más que una de las anécdotas del verdadero protagonista, nuestro ya amigo Rafi.
Con el verano, vino la absolución del pecado y la vuelta a torneos de tenis que, como cada año, comenzaban en el propio club Nazaret. Jandro comenzó sus partidos siempre acompañado de su hermano mayor, pero ni la sombra de Rafi apareció por los alrededores.
Una, dos, tres semanas y de nuevo campeón del club y, por tanto, representante del mismo en todos los campeonatos de Andalucía, lógicamente, a nivel de juveniles, como se designaban en aquellos tiempos.
Su programa de estudios, deporte y diversión completaban al cien por cien las horas del día de todo aquel mes de Junio, ya que el resto de vacaciones las pasaría, junto con padres y amigos, en Gaucín.
Una de sus aficiones era la lectura y, para dedicarse a ella sin que nada le molestase, Jandro acostumbraba a “esconderse” en el lavadero de su casa; arriba, en la azotea, donde raramente subían sus padres, aunque sí sus hermanos.
Pero aquél día, cuando subió para refugiarse con el primer volumen de las aventuras de uno de sus héroes, Tarzán de los Monos, se encontró a su hermano Roro, con varios amigos, cubriendo lavadero y azotea en un extendido y esplendoroso dominio del hábitat. Ante tamaño despliegue de fuerzas, Jandro decidió leer en otro lugar.
Salió a la calle y casi corriendo, se dirigió a la Avenida para esconderse en cualquier banco del parque de la ciudad y a la sombra del ya caluroso sol veraniego.
No llevaba leyendo ni media hora, sentado tranquilamente en un apartado rincón del plácido parque cuando, a su espalda, sonó el consabido y predecesor silbido de la impetuosa llegada de Rafi.
-“Mira onde sa camuflao el andoba este. Como si ar Rafi se le va a escapá na de lo que jase”- le comentó, mientras se sentaba junto a él, en el banco
-¿Como me has encontrado?- se sorprendió Jandro, algo molesto por la interrupción de su amena lectura
-“Yo te rachelo a ti enterrao, chavó, que pa jeso sapaña er menda mejón que naide”- El chico, conociendo la obsesiva cabezonería de Rafi, cerró el libro
-Bueno- se conformó Jandro –ya que me has encontrado, cuéntame
-“Na, chavó, to iguá, pero como jase tela rato que no me candila, pos he desidio dejanme candilá”- y viendo el libro en manos de Jandro, le dio la vuelta para ver el dibujo de la portada: Tarzán de los Monos –“Er menda ha oío dicí cosa del andoba este”
-¿Conoces las aventuras de Tarzán?- se animó Jandro al pensar que igual lo había leído.
-“Er menda no ja leío ná, pero lascuchao a la chusma”
-¿Quieres leerlo? Te lo dejo que es muy entretenido
-“No, niñato, que yo sé leé, pero mu chungo. Léelo tú en arto que yo te joiga”- a Jandro se le encendió una luz en su cabeza al ver que su amigo tenía interés en oír la historia y, sin hacer más preguntas, comenzó la lectura del libro.
Dos horas seguidas estuvo leyéndole a Rafi la historia de su héroe y, lo maravilloso fue que Rafi no le interrumpió ni una sola vez. Cuando, pensando que ya era hora de volver a casa para comer, interrumpió su lectura, Rafi le cogió por el brazo
-“¿Ajora que mestaba sobando te vas a rajá?
-Rafi, es que es hora de comer y en casa, si no llego a mi hora, me castigan. Ya conoces lo estricto que son mis padres.
“Siempre er sieso de tu pare. Güeno, mañana otra vé, que manrollao a mi er andoba ese”- y aquel Junio Jandro leyó, junto con su amigo, hasta dos de los doce volúmenes de la historia de Lord Greystocke. Pero, lo que en el fondo le entusiasmó fue que, cuando sus padres decidieron que la hora de viajar a Gaucín había llegado, le ofreció a Rafi dejarle un tomo de Tarzán para que lo fuese leyendo durante su ausencia y se lo aceptó, aunque condicionadamente
-“Chavó, me lompresta mientra tú tas juera, que ya lo fisgará er menda, pero, endeluego no me pia que te lo cuente; te lo currela tú, que ar menda no le gusta araqueá”
-¿Que a ti no te gusta hablar, me dices? Rafi, pero si no dejas de hablar ni cuando duermes- se reía Jandro oyéndole
-“Niñato, quer menda cuando soba ni se cosca. ¡No te digo yo, er andoba este!”- y sin esperar más y con el libro bajo el brazo, se perdió lentamente entre los árboles del parque.
Lo leyó, por supuesto y, a la vuelta de Jandro, le pidió otro de los libros. Jandro le propuso leerlo juntos pero Rafi se negó. “Se lo currela er menda solito, que pa jeso menseñaron en la escuela”; y así toda la colección.
Lo que sorprendió gratamente a Jandro, no fue el hecho de querer aprender a leer solo, ya conocía de sobra el amor propio de Rafi, sino el cuidado con el que trataba sus libros. Al llevárselo o devolvérselo, siempre los envolvía en una hoja de periódico vieja y los libros, cuando se los devolvía, es como si nunca hubiesen sido abiertos.
Sin embargo, a Jandro le quedaba constancia clara de que los leía pues, a lo largo de su aprendizaje, Rafi le preguntó muchas dudas y, sobre todo, notó una mejora en su forma de expresarse.
Por aquellos años, la época de lluvias comenzaba a principios de Setiembre, cuando el calor estival remitía y los campos agostados por el largo y caluroso verano, comenzaban a recuperarse de la sed, cubriendo sus heridas con cierto superficial verdor que los protegería hasta casi pasado el invierno. Ese verdor es el que ansiosamente buscaban las manadas de toros por las campiñas y montaneras de Andalucía, cansados quizás de la seca paja y piensos artificiales que los cortijeros les suministraban durante el estío.
Y, lógicamente, si los toros andaban sueltos por los cortijos, Rafi andaba, igualmente suelto, por las carreteras, caminos y veredas, buscando un morlaco aislado y un mayoral más preocupado de otras labores del cortijo que de la entrada furtiva de algún malintencionado maletilla, que pudiese molestar o malograr con sus capotazos un buen astado para una faena grande en la plaza de toros.
No siempre encontraba ambos juntos, pero su despreocupada e inútil vida no le exigían más nada que hacer, por lo que sus idas y venidas no eran como las de la zorra enjaulada, alguna utilidad tenían.
Rafi, en dos ocasiones le había confesado que había tenido que salir “por pies” de alguna mala brega o de entre los cuernos de un toro que cualquier otro maletilla ya había enseñado a “no ser toreado”, pero nació de pie y de pie se seguía manteniendo.
Por otra parte, y al contrario de la mayoría de los maletillas que, por aquellas épocas, con la hambruna que se “disfrutaba” en el país, pululaban por carreteras, caminos, trochas y montes de las sierras andaluzas, a él no le gustaba torear de noche; prefería correr el riesgo de ser visto por algún cortijero antes de la posibilidad de no ver algún imprevisto matojo, o piedra, que diera con su cuerpo en tierra cuando los pitones de aquellas bestias, le estaban mirando de cerca.
Aunque nunca se reconociese, por parte de los hombres que trabajaban en los cortijos había una cierta permisividad con los maletillas y, si los veían metidos en los cortijos, yendo ellos a caballo y los chavales a pie, siempre conseguían salir a tiempo de los límites; por supuesto que había excepciones, como el mayoral del cortijo de la duquesa, pero eran él y “do má”, como decía Rafi. Ya él había probado en propia piel la calidad de la vara del capataz y la fuerza de sus botas, pero Rafi siempre decía: “Argún día, ese andoba tendrá que apoquiná en taquilla pa vé lo que puo vé de gorra en er cortijo” y, con esa excusa futura se consideraba bien pagado.
Cierta tarde y, como siempre, al salir Jandro del club de entrenar, le encontró de nuevo en la puerta esperándole. Le hizo una señal y Jandro se acercó.
-¿Como van las cosas, Rafi?
-“Ende regulá, pero mi paese a mi que mañana se van a arreglá argo. Er menda se va pa Gibrartá con mi pare y mi tío”
-¿Vais por tabaco de estraperlo?
-“Pos claro, chavó”
-¿Como vais, Rafi?
-En er tren. Ademá, como zeñore, que mi tio ha comprao lo billete- Jandro le miró algo sorprendido
-¿Y volvéis con todo el tabaco en el tren?
-“Gorvé no lo sé, pero tá to tratao pa aligerá en Ronda”
-No te entiendo. ¿Qué es lo que tienes que hacer en Ronda?
-“Chavó, no tie que cavilá mas ná. En cuanto meno tentere mejón pa to. Cuando güerva, no trajinamo otra escapá pa ve onde andan los morlaco”- y sin permitirle más preguntas a Jandro, se dio media vuelta y se fue en dirección opuesta a la de la casa del chico.
Casi quince días estuvo desaparecido Rafi. Pero de nuevo apareció ante él una tarde cualquiera.
Le pidió de nuevo que le acompañase a una de sus escapadas, pero Jandro, que le había prometido solemnemente a su madre que nunca más volvería a mentirle y que llevaba, y llevaría dentro, durante muchos años, la tristeza de no haber sido honrado con ellos, contándoles las tres o cuatro escapadas que ya había realizado con Rafi, aunque solo en la última tuvo que mentir para ocultarla, se negó absolutamente, aun a costa de haberle costado la amistad; pero Rafi era un chico extraño y difícilmente dejaba entrever sus verdaderos sentimientos, por lo que, como si las negativas de su amigo no le importasen, su amistad imperó por encima de vientos y mareas, por encima de diferencias de clases sociales y de negativas incomprendidas.

 CAP. VI MENS SANA IN CORPORE…

Las “citas populares” siempre han estado apoyadas en la experiencia y el conocimiento, unas veces de la gente sencilla del pueblo, otras de la cabezas pensantes de los más sabios. La que encabeza esta parte de la historia, tiene su propia experiencia.
Una de las hermanas de Jandro tuvo una pequeña desviación en la columna y, para corregírsela, el médico de la familia le había aconsejado que hiciese deporte y ejercicio físico, sobre todo, colgarse de las manos y estar así media hora diaria.
Para poder hacerlo, los padres habían encargado a un especialista, fabricar un trapecio que, colgado de las vigas de madera del lavadero, especie de gran habitación, ubicada en la azotea y en la que había, aparte de las pilas para lavar, con sus correspondientes grifos, una gran chimenea con un hogar donde, en aquellos desangelados tiempos, se encendía el fuego para colocar en él grandes calderos de agua que, calentada suficientemente, servía para lavar la ropa de la casa y sus habitantes.
La habitación era enorme; como los tiempos iban cambiando y ya existían unas máquinas que, a fuerza de remover la ropa con agua y jabón, se metía dentro de una cuba con paletas que la “castigaba duramente durante el tiempo de funcionamiento de la máquina infernal”, por lo que habían dejado el lavadero por obsoleto y ya no se usaba para lavar; Jandro, amigos y hermanos, lo utilizaban para sus juegos.
¿Qué juego puede haber más interesante, para chavales de trece a quince años, que colgarse del trapecio que la hermana de Jandro no usaba casi nunca? Pues sí, allí se hacían verdaderas diabluras, volteretas, colgarse de una mano, de las corvas, doblando las rodillas a la altura de la barra, sentarse allá en las alturas y hacer piruetas…; en fin, lo que la imaginación daba de sí, pero, cuando se llegaban a dominar todos estos “ejercicios”, la juventud necesitaba metas más altas y, sus cabezas comenzaron a “pensar”.
Un día, de los muchos que pasaron, a alguno de ellos se le ocurrió la feliz idea de, tal y como habían visto en el circo, colocar un segundo trapecio cercano al primero y así, poder “volar” entre ellos, como hacían los trapecistas del circo.
Manos a la obra, hermanos y amigos, buscaron sogas, barra de madera, cuerda delgada para atar las sogas, y unos fuertes alambres de acero para colgar el “ingenio” de las enormes vigas de madera y así, poder emular a los más grandes, “Pinito del oro”, “El Angel” y tantos otros.
En cierta ocasión en la que Jandro se encontró con su amigo Rafi y siendo un jueves por la tarde que no tenía fútbol y en el que sus tres amigos se habían ido a la playa, le propuso a Rafi subir a casa y jugar en el lavadero con un pequeño tren eléctrico que los Reyes de aquel año le habían traído. A Rafi le gustó la idea, aunque no tanto el hecho de tener que entrar en la casa del “zeñorito”, no fuera a ser que los padres no fuesen tan demócratas como el hijo.
La casa donde Jandro vivía era tan enorme que, además de tener toda la planta baja dedicada a las oficinas de la empresa donde su padre trabajaba, tenía un enorme garaje para los coches y camiones, un mayor almacén, y su propia casa, que ocupaba la misma superficie que todas las oficinas y en la que se podían perder sin que nadie les viese.
Jandro le prometió que podrían entrar hasta la azotea y luego al lavadero, sin que nadie ni siquiera tuviese constancia de ello y, tal y como prometió, cumplió su promesa.
Cuando llegaron al lavadero, después de recorrer toda la vivienda, perdidos entre esquinas y sombras, Rafi se encontró tranquilo y, suspirando, se quedó sentado en las escaleras de madera que daban acceso a la habitación del lavadero
-“¡Chavó, peaso casa tie tu pare, mi arma! A mi me suertas aquí solo y me pierdo. ¿Pa qué quié tu pare tanta casa, joe? ¡Si aquí nos metemo tor barrio Santiago y toavía quea pa la chusma der campo!
-La casa no es de mi padre, Rafi, es de la empresa donde trabaja. Nosotros solo vivimos en ella.
-“Y en de por la noche, ¿A ti no te da cangueli andá solo por ella?
-Cuando la conoces, ya no asusta tanto. Además, nunca pasa nada, porque abajo siempre hay gente de la empresa de guardia y nadie puede entrar sin ser visto
-“¡Arto ahí, chavó, que nojotro hemo entrao y no nos ha visto naide”
-Si, ya, pero yo vivo en ella y sé por donde hay que pasar. Bueno, ¿vamos a jugar con el tren eléctrico?- y levantándose del peldaño, subió hasta la puerta. Cuando la abrió y Rafi vio lo grande que era, exclamó de nuevo
-“Pos como er tren ese sea tan grande como er lavaero… ¡La Virgen, si cabe entro toa mi casa!- y se puso a dar vueltas mirándolo todo.
Poco después, ambos jugaban con el tren eléctrico de Jandro, viéndole dar vueltas al recorrido, bastante corto por cierto y que, cada vez que pasaba la máquina por el lado de Rafi, este le ponía un pequeño palito que la hacía descarrilar. A la quinta o sexta vez, Jandro, mirándole sorprendido, le preguntó
-¿Por qué descarrilas el tren cada vuelta?
-“Es que, cuando lo veo chiflá a toa velosiá por el campo, siempre me pregunto,
¿por juera de las vía no anda este?”- y de nuevo, Jandro coloca con santa paciencia todo el tren en las vías.
La actitud de Jandro no debe ser entendida como la de un hermano menor bajo la absoluta influencia del mayor, ni siquiera el sometimiento por la mayor fuerza de su amigo; jamás Rafi, a lo largo de su amistad, había hecho uso de su edad o fuerza para influir en las actuaciones de Jandro. Su paciencia con Rafi estaba basada en tener muy claro que su amigo era el que se encontraba fuera de su entorno natural y, por tanto, el más necesitado de ayuda. A cambio, Jandro aprendía muchas cosas nuevas y otra forma de entender la vida, sin casi obligaciones, sin horarios, permisos y prohibiciones; en fin, la absoluta libertad  frente a la rigurosidad de las normas y la educación.
Poco duró la diversión a un chico que se pasaba la vida haciendo del mundo su pista de aprendizaje; aquello era demasiado “tranquilo” para Rafi que, levantándose, se acercó a una de las ventanas y miró hacia la calle.
-“¡La mare que me parió, niñato! ¿Tú has visto onde estamo? ¡Po no está arto esto ni ná!. Mira, chavó, como se ve la chusma, paesen micobrio de eso! Ja, ja, ja”- y se reía a carcajadas de su incultura –“¿Como se ice ezo, enterao?”
-¿Microbios?
-“Ezo, lo bichito pequeño. ¡Por la gloria mi mare que yo aprendo a dicí to esa palabra!”- y, mientras hablaba y hablaba, de pronto su mirada se posó en uno, dos trapecios y se quedó un rato pensativo –“¿ezo es pa corgá lo jamone y lo chorizo de tu pare?- Jandro, que aun andaba arreglando el entuerto del último descarrilamiento, le miró y, al ver la cara y mirada de Rafi, se rió
-No, hombre, esos son trapecios para hacer ejercicio
-“¡Joé, es verdá. Como los de lo cartele der circo!”- y saltando, le dio con la mano a uno para que se balancease. Jandro se levantó y dando un salto se colgó del otro. Al poco, se balanceaba colgado de él.
-Mira, Rafi, es para hacer piruetas. Quita de en medio, no te vaya a dar con los pies- cuando Rafi, mirándolo con los ojos muy abiertos, se quitó de la trayectoria, se balanceó más fuerte y dando un impulso, se soltó y sus manos fueron a agarrarse al otro trapecio
-“¡La mare que me parió, si paese er de los tebeo!”- sin pensar en nada más, dio un paso adelante y en el momento que Jandro pasaba balanceándose, lo agarró por las piernas para que se parase.
Entre el impulso, que llevaba, lo inesperado de la acción de Rafi y la mayor fuerza del mismo, Jandro no puedo mantenerse agarrado a la barra del trapecio y sus manos cedieron.
Al no tener las piernas libres, agarradas aun por los brazos de su amigo, no pudo caer en pie y todo su cuerpo dio contra el de Rafi que se fue al suelo, cayéndole Jandro encima. Esto fue lo que evitó que Jandro cayese de cabeza y se salvase de un fuerte golpe, pero no pudo evitar que la cabeza de Rafi sí diese contra el suelo, con la  nariz por delante.
Las palabrotas y tacos que pudieron salir por su boca no las superarían muchos. Con las manos cogiéndose la nariz se incorporó
-“¿Pa qué tas sortao, so vaina? Si yo solo quería pararte- pero Jandro observó como un hilillo de sangre se deslizaba por la muñeca de Rafi
-Te has hecho sangre. Ven a lavarte al grifo a ver si te has roto la nariz. ¿Quieres que te lleve al médico?
-“Tú tas chalao, chavó. ¿Ar médico? ¿Y cuando me trinque un toro onde me lleva, ar sementerio? ¡No te digo, er andoba este. Ademá, er menda no sa jecho ná, tú que tas caio ensima”- pero rezongando se acercó al grifo y se lavó la nariz. Jandro se acercó a una balda del fondo del lavadero y abriendo una caja, tomó un poco de algodón y se lo ofreció a su amigo
-Ponte eso, para que dejes de sangrar- haciéndole caso, al poco ya estaba todo casi en orden, pero en la mente de Rafi quedaban flecos pendientes, así que, una vez arreglado el entuerto, se acercó a uno de los trapecios y sin avisar, saltó y se agarró a él.
La experiencia nos dice que en la vida hay que pensar bien los actos, porque a veces los pequeños detalles nos hacen caer en tremendo errores. En este caso, la famosa ley de Murphy se cumplió a rajatabla.
La barra del trapecio era un cilindro de madera que en sus extremos tenía unos rebajes para que por ellos quedasen encerrados los dos lazos de la soga que colgaban de las vigas, pero esa barra podía girar dentro de los lazos. Rafi, al agarrarse, no puso las manos una al contrario de la otra, sino las dos posicionadas en la misma dirección, Con su balanceo, al llegar a la altura máxima, la barra siempre tiende a girar y, lógicamente, las manos con ella. Así ocurrió con las manos de Rafi que, sin poder evitarlo fueron soltándose de la barra hasta que la inercia y su cuerpo hicieron el resto.
Allí que fue a parar Rafi, su inercia, su cuerpo y las imprecaciones que de su boca salían mientras caía inevitablemente.
Esta vez, hubo suerte, ya que cayó cuan largo era, pero en decúbito supino, o sea, con la nariz hacia arriba. Sin embargo, lo que sonó como una calabaza al desmocharse fue su cabeza. Golpe seco y contundente que sumió al chico en lo más profundo de su vida interior.
¿Daño? Es posible que el golpe le doliese, pero Rafi se había ido por algún agujero de su maltratada cabeza a Dios sabe qué paraíso terrenal.
Lo cierto es que Jandro, al ver la caída, se llevó las manos a la cabeza y rezando se acercó a su amigo. Primero le llamó, luego, ante la inmovilidad de Rafi, le zarandeó suavemente, pero el profundo sueño en el que su amigo se encontraba sumido, no le permitió oír a Jandro. Puso su mano en el corazón de Rafi y comprobó que seguía latiendo.
Mas tranquilo ante la comprobación, se quedó pensando y, acordándose de la costumbre que su padre tenía en vacaciones para despertarle, tanto a él como al resto de sus hermanos, se acercó al grifo y llenando de agua el hueco de sus manos juntas, se acercó a Rafi y se la esparramó sobre la cara.
Ni caída, ni dolor, ni sueño con los angelitos; el poder del agua fría es tan grande que nos hace olvidarnos de todo lo demás y el cuerpo de Rafi, nada más sentir el “agradable” líquido sobre su piel, saltó como un resorte y , sin conciencia aun de donde se encontraba, salió corriendo hacia una de las paredes, contra la que volvió a golpearse, pero esta vez no pudo ser en decúbito, porque antes del golpe se hallaba en pie, pero sí fue en sentido prono, porque, de nuevo, su nariz dio de bruces con la pared y, en ella, con toda su dureza.
Quiso la suerte que de nuevo Rafi buscase otra salida etérea a su desgraciada y agotadora existencia y otra vez su imaginación volvió a los brazos de Morfeo, cayendo cuan largo era al suelo.
No puede haber maldad en un corazón limpio y, aun menos, si entre dos personas existe una gran amistad, pero las dos caídas de Rafi y su desconsiderado encuentro con los límites del lavadero, fueron demasiado tensión para Jandro que, sin poder evitarlo, pudo en él más lo jocoso de la larga escena que el potencial daño que su amigo hubiese podido sufrir, y soltó una enorme carcajada, al mismo tiempo que se llevaba los brazos al estómago intentando contener la risa. Se acercó al agua de nuevo pero cuando se volvía hacia Rafi para “despertarlo”, le oyó gritar
-“¡Como ma jeche agua otra vé, te juro que tarranco el arma, mamón!- y con sus manos puestas sobre la nariz que de nuevo sangraba, se acercó al grifo para lavarse
-Rafi, lo siento, pero es tenía que despertarte; habías perdido el conocimiento
-“Er conosimiento y tó es lo que vas a perdé tú, niñato. ¿Qué mas traío, pa matarme? ¡La mare que parió er trasto ese y tó! ¡Yo no güervo a tu casa ni muerto. ¿Pos no se va creé mi mare que ma revorcao un novillo?- él no se veía la cara, pero Jandro que le miraba de frente, a duras penas podía contener la risa al ver la enorme nariz que se le había puesto a Rafi.
-Si el trapecio no ha hecho nada, lo que pasa es que tú te has agarrado mal
-“¡Que yo ma garrao má! ¡Que yo ma garrao má! Mira, chavó, yo ma subio un árbo con una mano a las parda y no me tira de él ni los civile. ¡A vé! ¿En que ma garrao yo má? ¡A vé! ¡A vé! Niñato de mierda- y la voz de Rafi cada vez era más tensa.
Jandro, poniéndose serio también, le dio un empujón para que se apartara, tomó carrerilla y de un salto se agarró a uno de los trapecios, poniendo intencionadamente las manos una al contrario de la otra. Se balanceó fuerte, hasta que con los pies llegaba a la barra del otro trapecio; al siguiente impulso, cuando su cuerpo estaba casi horizontal, se soltó del trapecio y con los pies enganchados en las sogas del otro, se quedó colgado de él. Luego, flexionando el dorso, se incorporó a la barra y se sentó en ella. Se puso en pie encima y cuando el trapecio, movido por el impulso inicial de Jandro, se acercó al otro, dio un gran salto y con las manos se agarró a la barra del primero. Luego, de otro salto, se dejó caer, dando media voltereta de salida.
Rafi miraba a Jandro; luego a los trapecios y, de nuevo a Jandro, pero en absoluto silencio.
-¿Ves? Pues yo no soy mejor que tú, ni más listo, solo que tengo practica y esto lo hago muchas veces. Lo que no puede ser es que tú quieras hacer lo mismo que yo, sin ensayarlo, solo porque te llames Rafael y tengas más edad que yo. Las cosas hay que aprenderlas y tú no has querido hacerlo- por primera vez en su amistad, Jandro endureció fuertemente su tono de voz para que Rafi tomara conciencia de que le estaba hablando muy seriamente. Mientras hablaba, Rafi, completamente quieto, con su cabeza algo ladeada a la derecha, le miraba fijamente. Cuando Jandro hubo terminado de hablar, Rafi se acercó a él, le pasó el brazo por los hombros y lo atrajo hacia sí.
-“Argún día, niñato, te degorveré, to junto, tó lo que más enseñao y, Rafaé, der barrio Santiago, no orvia nunca, por la mare de mi arma”
¿Lo olvidó? Habría que preguntarle a Rafi y el chico, pasados los años y hasta alguna centuria, no creo que tenga ya memoria suficiente para recordar aquellos tiempos; aunque de Jandro, a pesar de los años y la edad, bien que se acuerda.
Es la virtud de la memoria del ser humano; con el paso del tiempo, las cosas malas vividas se van envolviendo en un paño cada vez más opaco, hasta desaparecer de la “vista” de la memoria, mientras las cosas buenas, se van colocando tras una enorme lupa que a medida que pasa el tiempo, las va magnificando, hasta convertirlas en “mitos” de las pequeñas cosas que fueron.

 CAP. VII  PREPARANDO LA EXCURSION

Entender una época de España en la que ir a la playa, no es que fuera un lujo, era algo fuera de la costumbre, ya que difícilmente se podría encontrar en ciudades costeras, durante los agobiantes días de verano, a las personas que habitaban estas ciudades, en las playas bañándose.
Pero, Jandro, pertenecía a una familia que no solo se lo podía permitir, sino que además, sus padres eran bastante modernos para aquellas épocas.
¿A qué playa podrían ir aquellos que vivían en el interior, como era Jerez? Sencillamente a las playas del Puerto de Santa María y, allí, tenía la familia algo que ya no se estila, ni se lleva, ni la cantidad de veraneantes lo permite; eran casetas de madera que, durante los meses de estío, se instalaban sobre las arenas de las anchas y preciosas playas del Puerto, fuera del alcance de las olas de las mareas altas. Se componían de una pequeña caseta de tres por dos metros y delante, una plataforma de madera con toldo para poder comer o estar sin que los rayos del sol ni la arena les quemasen la piel o les cayese en sus alimentos.
Cuando iban con sus padres, llevaban hasta las comidas y unas enormes barras de hielo para tener frías las bebidas. Lujos de la clase media.
Había terminado el castigo de Jandro con el final del colegio y las buenas notas, por lo que en la primera ocasión que se lo permitieron, acordó con sus amigos irse a la playa en bicicleta.
Eran largos veinte kilómetros, pero para las fuertes y jóvenes piernas de aquellos chavales, y además, viajando en grupo para goce de propios y desgracia de extraños, no se hacían excesivamente largos. Hay que tener en cuenta que, en aquellos años, las carreteras estaban bastante libres de coches, pocas familias disponían de uno y, de vez en cuando, pasaban camiones que por el ruido y sus fuertes bocinas avisando de sus llegadas, el peligro era bien pequeño.
Para acordar la hora de salida y preparar sus respectivas bicicletas, todos los amigos se reunieron en casa de Jandro. Terminados los detalles y acordado que cada uno llevaría su propia comida, la bebida era ineludiblemente agua del grifo metida en botellas o zumo de limón, salieron a la calle, Jandro con ellos.
Allí estaba Rafi, tranquilamente apoyado en el tronco de un naranjo, delante del bar La Moderna, esperando que su amigo saliese. Nada más verlo, todos se despidieron de Jandro para ir a preparar sus cosas y Rafi, tranquilamente, como correspondía a un futuro torero, cruzó la calle, le cogió del brazo y lo llevó con él hasta la entrada a la calle Caracuel.
-“¿Qué jaséis tantas horas juntos? Llevo de plantón toa la mañana y tú dándole a la machiri con tus amigo tor rato. Pos anda que no largáis tela ni ná. La machiri se os debe queá mas seca quer poso la Dolore, que la úrtima gota que le queaba se la bebió er moro Musa”
-¿Y por qué no me dices que estás esperándome? Además, estábamos preparando la excursión de mañana y, como vamos todos, era más complicado- le atajó Jandro
-“¿Mañana de escursió? ¿A onde vas a ir mañana tú ni ná? Mañana te ties que vení cormigo a un sitio, que llevo esperando más de tres meses a que termines tanto estudio y tanto castigo. ¡Anda que tu pare no es sieso ni ná; tres meses sin dejarte vení cormigo!”
-Rafi, lo siento pero es que ya hemos quedado todos y vamos a mi caseta de la playa, por tanto, no puedo fallar.
-“¿A tu caseta de la playa? ¿Es que tu ties una chabola en la playa? Pos yo voy con vojotros, que tengo muchas ganas de conocé la playa eza”
-Pero si no te he dicho a qué playa vamos, ¿cómo sabes que no la conoces?
-“¡Joé, picha, que yo no conosco la playa ta dicho! Ademá, ¿Es que hay más playas? Yo siempre he oío disí que se van a la playa y pensaba que na más que había una”
-Hay muchas playas, Rafi y nosotros mañana vamos a la de Valdelagrana
-“Pos yo voy con vosotro a Vardelarana y ya está. ¿A qué hora hay que najá?
-Rafi, no es que no quiera que vengas con nosotros, es que, primero, lo tienen que saber mis amigos y, segundo, tú no tienes una bicicleta. ¿No pretenderás que vayamos hasta el Puerto andando?
-“Pos avisa a tos tus amigos que mañana Rafi, el novillero, va con vojotro a la playa; pa eso eres er mayorá del cotarro”- Jandro se quedó pensando mientras que Rafi, dando el asunto por zanjado, se alejaba hacia su casa. De pronto se volvió y le gritó
-“Y no te priocupes de mi bici, que ya dao yo cuenta de lo mucho que a tí te importa; pa mañana ya me arramplaré yo una pa mi culo. A las ocho ya te estoy esperando en la puerta”
Al oír esto último, Jandro reaccionó
-No Rafi, a las nueve hemos quedado- Rafi levantó la mano y siguió andando.
También Jandro se volvió hacia su casa dándole vueltas a su cabeza, pensando cómo se lo tomarían sus amigos. De pronto, se paró en seco, recordando que Rafi podría llevar la bici de su hermano y dándose la vuelta rápidamente, buscó a Rafi, pero la esbelta figura de su amigo se había difuminado entre callejas y la gente que andaba por la calle. Haciendo un gesto de impotencia, se volvió de nuevo y se encaminó hacia su casa.
Encontró a su madre sentada junto a la ventana, repasando la ropa. Siempre que la encontraba allí, junto al balcón, con su costurero al lado y cosiendo la ropa, que ellos se encargaban de destrozar en el colegio o jugando en el club, se quedaba mirándola.
Imagen que nunca olvidó a lo largo de los muchos años que la vida tuvo a bien, o a mal, según  los días, regalarle; imagen entrañable que le marcó como modelo de una época que muchos quisieran olvidar, pero que en Jandro, demasiado joven para tener conocimiento de las limitaciones políticas que se vivían y sin entender las diferencias sociales, no dejó mas que bonitos recuerdos y, años más tarde, le inspiró un poema que, una vez escrito, Jandro “traspapeló” entre sus recuerdos, quizás algo avergonzado de su osadía poética.
No es parte del cuento, pero recordando lo que para su amigo Rafi, también representó su madre, he querido dejar aquí escrito, como parte de esta historia.
Y escribió así:
A MI MADRE
Pelo liso, rubio, brillante, intenso.
Como un rayo de sol en primavera.
Así lo recuerdo.
Ojos suaves, verdes, siempre sonriendo.
Acariciando mi alma con su mirada.
Así gravados los llevo.
Manos largas, delgadas, ágiles, fuertes.
Como la hoja de palma movida al viento.
Así las sueño.
Labios delgados, rojos, siempre en silencio.
Prontos para acariciar mi frente con un beso.
Así aun los siento.
Mesa camilla redonda, allá en el fondo.
Ropa, aguja, dedal, hilo y… cosiendo.
Atenta siempre a todo lo que se hablaba.
Mirada rápida, sonrisa y… silencio.
Breves recuerdos pero, ¡tan intensos!
Que llenan mi vida, mi alma, de sentimientos.
Así la sigo queriendo.
Pero sigamos relatando
Se acercó lenta y silenciosamente a su madre, como no queriendo romper el embrujo de la escena. ¡Ah, pero una madre no es un ser normal!  tiene sentidos tan despiertos que saben de sus hijos hasta sin verlos.
-Hola. Hijo, ya te he oído hablar con tus amigos. ¿Qué estáis tramando esta vez?
-Pensamos irnos a la playa en bici, mamá. Lo que pasa es que como vamos todo el día, tenemos que llevar la comida y el agua. ¿Me puedo preparar unos bocadillos para mañana?
-No, hijo, ahora no me parece bien, ya que para mañana ya estará demasiado duro el pan. No te preocupes de eso que ya me encargo yo. Tú dime. ¿Quienes vais?
-Luis, Joquín, Miguel, Chiqui, Javi, Antonio… todos del colegio.
-Has de saber que primero necesitas la autorización de tu padre y, supongo que ellos, la de los suyos. Después, me temo que tu padre tendrá que avisar a alguien del Puerto para que se preocupe de que no hagáis tonterías que puedan provocar algún accidente en el mar; ya conoces lo traicionero que es con las resacas.
-Lo sabemos, mamá. Creo que no debes preocuparte; además, al mar siempre le tenemos mucho respeto porque hay olas muy grandes. ¿Nos dejarás la llave de la caseta? Ellos no tienen ninguno la caseta en Valdelagrana.
-No creo que haya problema en eso, aunque siempre con la autorización de tu padre.
-¿Se lo vas a decir tú?- le preguntó Jandro sabiendo que si ella intervenía su padre siempre lo autorizaría
-¡Uhmm, no sé yo… quizás si me das un beso, yo haga un esfuerzo!- y sonreía al ver como Jandro, rápido como un suspiro, le daba un beso cariñoso e interesado en la mejilla.
Toda la tarde la dedicó a preparar su aventura a la playa, avisando de la compañía de Rafi, algo que a ninguno de ellos le preocupó, preparando su bici, las botellas de agua, el bañador, la toalla. Eso sí, su madre le había pedido que se encargase él de todo, menos de la comida.
Se levantó temprano, sin que la mano húmeda de su padre fuese necesaria, desayunó rápidamente, seguido en todos sus movimientos por la aguda vista de su madre, que sonreía viéndole tan diligente, y comenzó a repasar todo lo que tenía previsto llevar. Cuando todo quedó bajo control, se acercó a la cocina.
-¿Qué hora es ya, mamá?
-Da igual, hijo, hasta que no llegue Micaela con el pan de hoy nada podemos hacer- Jandro se acercó a la encimera de la cocina para ver que le estaba preparando su madre y comprobó cómo sobre un papel especial, el que siempre usaban para envolver el pescado al meterlo en la nevera, ella había colocado una enorme tortilla de patatas y varios filetes de carne empanada, lonchas de chorizo, salchichón, jamón y un gran trozo de queso. Él, sorprendido, se la quedó mirando
-¿Tanta comida para mí?
-Ja, ja, hijo. ¡Pues claro! ¿Acaso no sabes el hambre que todo un día en la playa despierta en un chico de tu edad? Además, ¿estás seguro que todos tus amigos llevarán suficiente comida?
-¡Ah! ¿Puedo compartirla con mis amigos?- y su mente rápida como el rayo, pensó en la compañía de Rafi que, posiblemente ni llevase comida alguna
-¿Que si puedes? No, hijo, no puedes; debes y tienes la obligación de compartirla con todos. Y recuerda que, cuando paséis por el Puerto de Santa María, tenéis que comprar el hielo para el agua; y, cuando llegues a la playa, debes meter el depósito dentro de la caseta para que no le dé el sol de pleno.
-¿Tantas cosas tenéis que pensar los mayores cuando vamos juntos?- le preguntó Jandro, asombrado de la cantidad de detalles que él nunca hubiese ni tan solo imaginado
-¡Ja, ja, ja!- la carcajada de la madre salió de improviso, extendiéndose por toda la casa –y algunas más, cariño, pero no te preocupes, que en el momento que lo hagáis vosotros solos, ya lo tendréis en cuenta. Por cierto, no olvides que el sol quema y luego duele y la piel se cae. Preocúpate de evitar estar demasiado tiempo expuesto o protégete con la camisa si jugáis al fútbol- Nada más oír a su madre, Jandro salió corriendo en dirección a su habitación, gritando al aire
-¡Un momento, mamá; se me ha olvidado algo
Abrió el armario y en la parte inferior, al fondo, buscó hasta encontrar el balón de fútbol que siempre tenía escondido para que sus hermanos no se lo quitasen. Buscó también el racórd para, acoplado al bombín, poder llenarlo y todo lo metió en la bolsa de viaje.
Llegada la chica con el pan, los bocadillos quedaron terminados y Jandro, con su mochila cargada hasta los topes y su bicicleta, salió a la puerta de su casa a esperar a sus amigos.

 
CAP. VIII  EL MAR

¿Quien podría estar desde bien temprano frente a la puerta de entrada de la casa de Jandro?
Sí, allí estaba él, apoyado en un naranjo y con su bici apoyada en él. Jandro, al verlo, le saludó con la mano pero se quedó en la puerta, ya que vio al mismo tiempo como por la acera de la calle se acercaba su padre.
Como siempre, pasó por su lado y entró en la casa sin verle; Jandro le llamó y, al oírle, su padre se volvió
-¡Hola hijo! ¿De donde vienes tan temprano?- le preguntó sorprendido al ver a su hijo con la bicicleta y la mochila en la puerta
-¡Papá! No vengo de ningún sitio, estaba aquí en la puerta esperando a mis amigos- el padre se le quedó mirando muy serio
-¿Estabas aquí cuando he entrado?
-Sí, papá, estaba aquí, pero no te preocupes que sé que tu andas siempre en tus cosas
-Bueno, bueno y, dime ¿Donde vas tan pertrechado?
-Pero si mamá te pidió permiso anoche para dejarme ir con mis amigos…
-¡Ah, sí. A la playa! Ahora recuerdo. También te habrá dicho que tengas cuidado con los coches en la carretera y luego en la playa con la resaca y la digestión ¿verdad?
-Todo, papá. No te preocupes
-En ese caso, ya le he dicho a Juan que mande a alguien del Puerto para que os cuide y compruebe luego que dejáis todo en perfecto orden
-Gracias, papá y, ahora, perdóname pero están llegando mis amigos
-Bien hijo, que os divirtáis- y seguidamente entró en la casa
Por la acera llegaban los tres mosqueteros, Luís, Joquín y Miguel, mientras que enfrente, como si la cosa no fuese con él, Rafi esperaba pacientemente. Jandro estaba algo sorprendido porque, por regla general, él no acostumbraba a esperar a nadie, intervenía y se iba cuando lo consideraba oportuno; sin embargo, aquel día, “sufría” estoicamente la parada a la que Jandro y sus amigos le estaban obligando.
Algo más tarde llegaron los restantes de la comitiva y fue cuando Jandro le hizo señas a Rafi para que se acercase, pero su sorpresa fue cuando recibió una negativa como respuesta. Jandro, sorprendido, lo comentó con sus amigos y todos, bicicletas incluidas, cruzaron la calle.
-Hola, Rafi- Y volviéndose a sus amigos –él es mi amigo Rafi que se viene hoy con nosotros a la playa
-“Güeno, retifico, con ustedes no, yo iré en alante de tos”- Joquín, el más rápido de ellos en cuestiones de sociabilidad, se adelantó a todos y dándole un suave golpe en la espalda, le rectificó
-Mira, Rafi, delante no va nadie. Somos amigos y como tal, o vamos juntos o no vamos. Tú eliges
-“Mu lanzao eres tú, pa tan chico como ere”- se le quedó mirando fijamente a los ojos y al ver que Joquín le aguantaba la mirada desafiante, aun teniendo dos o tres años menos que él, añadió –“güeno, iré con ustede, pero yo no hablo, que luengo me tomáis confiansa y yo no os conosco de ná”- y sin esperar respuesta, se montó en su bici y salió pedaleando hacia el final de la calle Larga.
Llamar bici a aquello que Rafi llevaba “bajo su culo” como él decía, es ser demasiado amables. Aquel trasto, nada más ponerse en movimiento, comenzó una traca de ruidos, golpeteos de cadena y desmadre en general que todos se quedaron sorprendidos mirándole irse, hasta que Jandro le gritó que parase. Para hacerlo, todos vieron como Rafi, en vez de usar el freno, metió su sandalia entre la orquilla delantera y la rueda hasta que la bici se paró. Jandro, viendo todo aquello y moviendo su cabeza negativamente, le pidió que volviese al grupo. Rafi así lo hizo
-Lo siento, Rafi, pero con esa bici tú no llegas al Puerto. Además, ¿por qué frenas con el pie? Usa el freno hombre, no vayamos a tener un accidente y mi padre ma ha dicho que…
-“Er sieso de tu pare te jabrá dicho lo que quiera, pero esta es la bici que ma apañao y es lo que jay”- saltó molesto Rafi ante tanta espera y la crítica a su bicicleta
-No te enfades, hombre, es que tú no te haces idea de la distancia que hay hasta la playa y con el estado de tu bici no llegamos. Te propongo una cosa. Te cambio la tuya por la mía, pero solo para ir a la playa que luego me la tienes que devolver
-“¡Ah! ¿Y tú, que eres un macaco, pue llegá hasta la playa en mi bici y yo no? ¡No te joe er zeñorito este!”
-No, Rafi, es que yo iré en la de mi hermano y la tuya la dejamos en casa hasta la vuelta- Aquella proposición pareció convencer a Rafi que, mirando satisfactoriamente la bici de Jandro, se bajó de la suya, la dejó caer al suelo y puso su mano en el manillar de la de Jandro
-“¡Anda, chavó, quita de ahí que tengo que prová si esta chatarra le va bien a mi culo!”- y empujando suavemente a Jandro, se sentó en ella y comenzó una ligera carrera por la acera. Jandro, mirando sonriendo a sus amigos, les pidió que le esperaran mientras cogía la bici de Rafi y se la llevaba dentro de la casa.
Al poco, salió con otra bicicleta. Cuando decidieron salir, ya Rafi iba por mitad de la calle Larga a toda velocidad. Ellos, riendo, aceleraron para intentar ponerse a su altura, pero las piernas de Rafi eran fuertes.
Al llegar al comienzo de la cuesta de las bodegas, se encontraron una escena que les hizo reír a carcajadas. Rafi, en pie junto a la bici, gesticulaba ante dos guardias municipales que, papeles en mano parecían estar hablándole muy seriamente. Rafi se volvió y al verlos llegar, les indicó a los guardias la llegada de los amigos con la mano extendida.
-Buenos días- saludaron al grupo al parar junto a ellos –¿quien de ustedes es Jandro?
-Yo, señor. ¿Ha hecho algo incorrecto Rafi?
-¿Le conoces entonces?
-Si, señor. Es mi amigo Rafi. Es que nos vamos en bici a la playa
-“¿Lo ve usté, increido? Yo seré pobre pero má honrao quel arcarde- y volviéndose a Jandro -¿pos no dise er gachó que yo ta chirlao la bici?
-Nosotros no hemos dicho que se la hayas robado, chico; solo te hemos preguntado si estabas seguro de que te la habían prestado. Pero, bien, aclarado todo, lo único que te ordenamos- y volviéndose a los amigos de Jandro –y a vosotros también, es que no corráis tanto, que este chico iba demasiado deprisa y no se puede circular a esa velocidad. ¿De acuerdo?- todos asintieron con  la cabeza y, montados en sus respectivas bicis, reiniciaron el camino hacia la playa, pero, esta vez, todos agrupados.
La seriedad y disciplina solo duró el tiempo de salir a la carretera.
Esta, a la salida de Jerez, la primera parte de su trazado era una enorme recta de casi dos kilómetros completamente llana. Al verla, todos decidieron ver quien llegaba el primero a la curva y, el “tour de Francia” aquel verano comenzó a la salida de Jerez. Tremendo esfuerzo que los más débiles y, sobre todo, los menos competitivos, se lo tomaron con la tranquilidad de saber que, después de la curva, aun quedarían diez y ocho kilómetros más, con sus cuestas de buena pendiente y su enorme bajada hasta el Puerto.
Está claro que por edad y por orgullo, fue Rafi el primero en llegar y, al ver que el grupo había quedado bastante rezagado, decidió hacer una llegada en solitario a la meta, sin saber donde se encontraba esta, por lo que, no llevando aun ni diez minutos pedaleando, ya Rafi se había perdido de su vista. Todos siguieron con su plan que, como Jandro les había comentado, Rafi ya era suficientemente mayor como para saber qué hacer.
La subida al pequeño puerto para pasar la sierra, marcaron duramente los músculos de las piernas de los menos deportistas que, andando, decidieron llegar a la cima.
Todos esperaron a los retrasados y, durante la espera, Jandro se adelantó para, desde la cima, intentar ver si la sombra de Rafi planeaba por aquellos andurriales. Y lo vio, pero no subido en la bici pedaleando hacia el Puerto, que se divisaba al fondo del paisaje, sino sentado en el arcén de la carretera con la bici tumbada en el suelo, junto a él.
Esperó a que todos fuesen bajando por la cuesta del Puerto y, una vez junto a él, se dejaron llevar por la pendiente hacia donde estaba Rafi. Al verlos llegar, se levantó rápidamente, pero, al hacerlo, no pudo evitar dar un respingo y se llevó las manos a uno de sus costados. Pararon junto a él y entonces se dieron cuenta de que Rafi se había caído de la bici.
-Rafi- le preguntó Jandro -¿Qué te ha pasado?
-“Na, chavó, que esa curva tie mu mala leche y la bici esta es mu mala y no tie ni freno ni na”
-Pero, Rafi, si es una bici casi nueva, ¿como no va a tener frenos? ¿Te has hecho daño?
-“¿Daño? ¿Daño yo que me pongo toas las semanas delante de un miura? ¡Anda ya, chavó! Ademá, me parao con ese matojo”- al mirar todos hacia el matojo, comprobaron que era una enorme zarza que debería “haberse puesto” en la trayectoria de Rafi. De inmediato, todas las miradas fueron a dar en la figura, no ya tan erguida, de Rafi que, seguía intentando quitarse las muchas púas que de la zarza se habían quedado clavadas en su cuerpo.
-Rafi, ¿Quieres que te llevemos a la Casa de Socorro para que te curen?- le preguntó Pepe asombrado de ver como el chico se quitaba las espinas clavadas como si fuesen hojas pegadas por la humedad
-“Parecéis nenas quejicas. Er día que me coja un toro será cuando me queje, pero no porque me duela, sino porque maya trincao como un tonto”- y sin más, se levantó y cogió de nuevo la bici.
Nada le había pasado a la máquina, excepto algunas ramas de la zarza enganchadas entre los radios de la rueda delantera; Rafi los quitó tirando de las ramas y, sin esperar a nadie, como siempre, siguió pedaleando, dirección al Puerto. La correspondiente compra de hielo para las bebidas y de nuevo, carretera y piernas.
Por fin, salieron de la carretera, torciendo por un camino de tierra a la derecha. Ya el olor a mar llegaba hasta ellos que, en compacto grupo, aceleraron el pedaleo, hasta que, al coronar una pequeña loma de arena de playa, apareció ante sus ojos el mar.
Rafi iba hablando con Joquín de toros, el único de los amigos al que le gustaba la famosa fiesta nacional, cuando Jandro le preguntó
-Rafi, ¿Te gusta el mar?- este, al oírlo le miró y viendo como Jandro le indicaba al frente, miró y su reacción fue automática; clavó los frenos en seco y a tope de la bici que, al ir ya por arena, hundió su rueda delantera y Rafi, salió despedido por encima del manillar, yendo a caer de bruces en la arena. Todos, al verle caer, soltaron una enorme carcajada, pero Rafi, absolutamente indiferente a la risotada de ellos, se puso en cuclillas mirando asombrado al mar
-“¡La mare que me parió…! ¿Ustedes habéis visto ezo? ¡La Virgen María!- y con su mano izquierda se rascaba la nuca
-¿Te gusta?- le preguntó Joquín –yo, nada más verlo me entran ganas de darme un baño y no salir en todo el día
-“¿Aonde te vas a bañá tú, chavó? No serás capaz de meterte ahí entro. Pos con tol agua que hay ahí… ¡la mare que me parió!- repetía continuamente Rafi mientras andando y colocándose detrás de todo el grupo, se acercaba lentamente a la orilla.
Todos se dirigieron hacia la caseta de madera que, pintada en listas rojas y blancas, tenían los padres de Jandro colocada en el centro de una hilera de más de treinta, todas alineadas y perfectamente paralelas a la orilla, bien lejos de ella, para que la pleamar no las inundase, aunque en las mareas de Santiago siempre el mar llegaba hasta ellas.
En la caseta, ya un señor amigo de la familia les esperaba con la puerta abierta.
-Jandro, buenos días- le saludó cuando llegaron –os dejo la caseta abierta y el depósito de la ducha lleno de agua. Cuando os vayáis, deja la puerta cerrada que antes de la noche yo volveré a cerrar con llave. De todas formas, durante el día, ya me acercaré de vez en cuando para ver si hay algún problema- y se alejó cogiendo una bici, hacia el Puerto
-Gracias, Matías; y no se preocupe que nos portaremos bien
-No me preocupo, la pareja de la Guardia Civil anda por la playa esta mañana

 
CAP. IX  EN TODOS LADOS HAY UN MIURA

Una vez guardadas las mochilas y puestos los bañadores, cuando todos corrían hacia el agua, Jandro vio como Rafi se sentaba en la arena y los observaba corriendo y jugando. Le hizo una señal a Luís y Miguel, que andaban tirándose puñados de arena húmeda, ya que, al agua, aun ninguno se había atrevido a acercarse, y les dijo que se iba con Rafi. Ellos, buenos amigos, le siguieron
-Rafi, ¿Qué te pasa? ¿Por qué no vienes a bañarte con nosotros?- desde el suelo, Rafi le miró muy serio, luego miró al mar y, de nuevo, a Jandro, pero no pronunció palabra alguna. Viendo el mutismo de su amigo, los tres se sentaron con Rafi. Luís, le habló
-Oye, ya sabemos que nunca has estado en la playa, pero mira como nosotros nos metemos en el agua y no pasa nada, excepto que, al principio, está muy fría. ¡Venga, hombre, anímate y vente al agua!- pero Rafi seguía sin decir nada y, muy serio, miraba hacia el mar.
-¿Quieres que juguemos primero un partido de fútbol para entrar en calor y luego nos vamos al agua?- le preguntó Jandro algo preocupado por el bienestar de su amigo. Rafi le miró y se levantó rápidamente
-“Ar jurgo juego to lo que haga farta y má, pero al agua no voy”
-Pero si en la orilla no pasa nada…- insistió Miguel
-“¡Que no, joé, que al agua no me meto, que no ma traio prenda pal agua! ¡Yastá, chavó!”
-¡Vaya! Me olvidé de decirte que te trajeses un bañador- comentó molesto Jandro
-“Na, niño, ni aunque me lo dijese, ¿no ves que en mi casa somos pobre y no tenemo de ezo?
-Pues usa los calzoncillos. Hoy no hay niñas y a nosotros nos da igual- intervino Luís avispadamente
-“Pos va sé que tampoco, listillo, questa mañana mi mare no tenía limpios y ma venio sin na debajo”- Jandro se quedó pensando y, levantándose, se fue hacia la caseta. Al poco, salió con un bañador en las manos y el balón con el bombín y el racord en la otra.
-Rafi- le llamó –toma un bañador. Entra en la caseta y cámbiate y vente a jugar al fútbol- mientras que Rafi con la cara completamente cambiado el gesto, se acercaba a coger el bañador, se sentó en la tarima y se puso a llenar el balón.
Poco se necesitó para que se marcase un campo de fútbol, porterías incluidas y hasta las áreas con sus puntos de penalties y, aun menos, para que se formasen dos equipos y comenzase el  juego.
Para agotar a una panda de chavales entre los trece y catorce años jugando al fútbol en la playa, son necesarias muchas cosas, entre ellas, dos horas de peleas, patadones y goles protestados, hasta que, llegado el siempre injusto para los que lo reciben, gol de desempate, el balón quedó abandonado sobre la arena, mientras todos, incluidos Rafi, salieron corriendo hacia el agua, salpicando, soltando imprecaciones de todo tipo y modelos contra progenitores de ambos sexos.
Ya comenzaban los más animados a tirarse de cabeza contra las tranquilas olas que lamían la arena de la playa, cuando Rafi, al darse cuenta de que el nivel del mar le llagaba hasta la barriga, dio un salto y salió corriendo hacia la orilla. Pepe, posiblemente el más friolero, que en ese momento estaba a su lado, lo miró
-¿Te ha picado una medusa?
-“A mi no ma picao ná, pisha, ademá, yo no sé que es ezo”- Pepe fue a explicarle pero viendo como Rafi salía rápidamente del agua, siguió su lento proceso de entrada al agua.
De nuevo la lenta y cansina insistencia de los amigos, terminaron por convencer a Rafi de que, mientras que no se metiese demasiado en el mar, el agua nunca le cubriría y, finalmente, le convencieron, pero tuvieron que recurrir a todo tipo de “falsas verdades”.
Lograron que entrase hasta que el agua le llegó hasta mediado el pecho y allí se quedó plantado el pobre chico, sin moverse, con la cabeza erguida de tal forma que su cuello podría medir hasta un palmo más de largo y sin perder de vista las continuas venidas de las olas. Sus miedos eran tan grandes que, una vez pasada las suaves olas, volvía la cabeza hacia la orilla para asegurarse que la ola que acababa de pasar, no se volvía de nuevo contra él.
La temperatura del agua era agradable, pero siempre que se estuviese haciendo algo de ejercicio y Rafi, el único ejercicio que hacía era con los ojos, mirando precavidamente el movimiento del mar. Helado de frío, a los diez minutos de tensión, decidió que para él, aquel “disfrute” ya había durado demasiado, así que, convencido de su toma de decisión, se volvió hacia la orilla para salir del mar.
¡Error! ¡Clarísimo error de un novato en las artes navales! Ya que el “condenado mar”, que siempre espera el momento oportuno, al ver la despreocupación del chico, decidió unilateralmente formar una ola, pero, en esta ocasión, de esas que no son tan “suaves” y, sin aviso previo, la envió contra la orilla y contra todo lo que en su camino se encontrase. Y Rafi se encontraba en dicho camino, olvidado de los suaves envites del mar y deseoso de salir de aquel “suplicio voluntario”.
Aquello no fue un revolcón típico de un día de playa, aquello fue como el hundimiento del Titanic en aguas del Atlántico, allá por los años treinta, pero sin barcas de salvamento.
Una, dos y hasta tres veces se vieron pies y cabeza de Rafi salir y entrar de nuevo, hasta que la ola, enamorada de la arena de la playa, lo depositó suavemente sobre ella; cualquiera diría que hasta lo hizo con cierto “cariño”.
No todos lo vieron, pero sí los suficientes como para que salieran entre nadando y corriendo del mar para “auxiliar” al pobre Rafi que, tendido aun, sin saber donde se encontraba, escupía agua por todos los agujeros de su cuerpo, nariz, oídos, boca…, en fin, por todos, sin tener que entrar en detalles.
Un intento de palmaditas en la espalda para reanimar su maltrecha dignidad fue la gota que colmó el vaso de su semi inconsciencia y acompañándose de un ataque de tos, se incorporó y, sin aun saber exactamente donde se encontraba, salió como alma que lleva el diablo hacia la caseta.
Jandro, conocedor de la forma de ser de Rafi, salió del agua a toda velocidad y se acercó a él.
-¿Como te encuentras, Rafi? ¿Qué te ha pasado?
-“¿Que qué ma pasao? ¿Pos no las visto, niñato? ¡Que ma cogio un morlaco de má de quinientos kilos en caná y por poco me manda pallá! ¡La Vigen! ¿Por qué no má avisao de la mala leche que tie el agua esa, toa junta? ¡Ahí no macerco yo má en mi via, que er menda ha vinio pa conocé la playa, no pa que majogue con toa esa agua, que está má salá que un arenque pasao!”- Jandro, aguantando la risa que intentaba gastarle una mala pasada delante de su amigo, se volvió al resto de los chavales y con las manos les dijo que todo estaba bien. Luego se sentó junto a Rafi.
-¿Tienes hambre, Rafi?- Este, asombrado de la pregunta, le miró muy serio
-“¿Jambre. Que si tengo jambre. ¡Pos no voy a tené jambre si no manduco ende ayé ar medio día! Pero, ¿Tú has traio argo pa manducá?
-Pues claro, no vamos a pasar todo el día en la playa sin comer, ¿No?- y levantándose, entró en la caseta. Al poco, salió con la bolsa de la comida y el bidón de agua que, metida en el hielo comprado al pasar por el Puerto, la mantenía fresca y apetecible.
Primero le sirvió un gran vaso de agua que, Rafi al verlo, se lo arrebató de la mano y se lo tragó de un tirón
-“Trincame otro má, que la joia aquella ma dejao un resecón que pa qué”- cuando Jandro se lo hubo servido, desapareció en menos tiempo que el de servírselo. Luego se le quedó mirando mientras Jandro trajinaba dentro de la enorme bolsa con la comida. Sacó un envoltorio de papel y cuando lo abrió, ante los ojos del famélico chaval, apareció un gran bocadillo de tortilla de patatas. Al verlo, los ojos de Rafi se abrieron como dos escaparates en una esquina de la Gran Vía madrileña.
-“¿To eso es pa nosotro solo?”
-No, Rafi, este es entero para tí- y se lo tendió. No lo cogió Rafi, como había hecho con el agua. Acercó su nariz y lo olió
-“¡La mare que me parió! Pero, ¿tú has visto como jumea esto? Er menda no ma jamao un chusco asín en mi via, chavá”- y cogiéndolo con sus manos comenzó a comérselo. No necesitaba Jandro que le dijese si le gustaba; el continuo movimiento en vaivén de su cabeza y la expresión de sus ojos ya eran suficiente reconocimiento.
Pero la escena no pasó desapercibida por ningún otro componente de la excursión que, como movidos por un potente resorte, salieron lanzados en dirección de la caseta, como si el que llegara el último se quedase sin comida. Cuando todas las bolsas se abrieron y Rafi tomó conciencia de la cantidad de comida que llevaban, se levantó y se les quedó mirando
-“Por tos mis muerto que argún día yo también llevaré una borsa como las de ustedes. Pero hoy, como entoavía no soy torero, pos me jamaré er chusco que ma dao er Jandro”- y terminada su ración de ánimo, se sentó de nuevo, devorando con verdadero placer le bocadillo de tortilla. Aun no había terminado, cuando Jandro, sonriendo, le entregó otro de carne empanada. Rafi lo miró con admiración y, al abrirlo y ver que era de carne, se puso a saltar de alegría
-“¡Chavó, mi pare me ve con este chusco de carne en la mano y es capá de darme una cuchillá pa quitármelo. ¡Mare de mi arma, si tie carne pa tos nojotro!  Ea, pos si luengo me das otro premio iguá, majogo esta tarde otra vé!- y tarareando, se alejó paseando por la playa.
Algunas cosas más pasaron aquel tranquilo día de playa, pero también ocurrieron otras días mas tarde.
Alrededor de las seis, apareció de nuevo el amigo del padre de Jandro para informarles de que ya era la hora acordada para que volviesen a casa y, sin la menor protesta, todos recogieron sus pertenencias y, montados en sus respectivas bicis, pedalearon camino de Jerez, cansados, pero contentos, quemadas sus pieles hasta el límite, pero sin tener aun conciencia de ello.

 CAP. X  EL OGRO

Aquella tarde volvía de entrenar preparándose para el campeonato abierto de Cádiz que se jugaba la semana entrante, cuando, al salir del club, lo vio esperándole en un lateral de la puerta. Jandro comentó algo a su hermano y se separó de él, acercándose a Rafi. No podía dar crédito a lo que veía; el brazo izquierdo escayolado, un fuerte golpe amoratado en su rostro, su pie izquierdo vendado y toda su gallardía hundida entre sus encorvados hombros.
Lo miró con detenimiento y finalmente se fijó en sus ojos. Rafi, rápidamente, apartó la mirada y comenzó a caminar despacio. Jandro, sin articular palabra, se colocó a su lado y caminó junto a él, diez, cien, mil pasos que a Jandro le parecieron una eternidad, preocupado y curioso por el estado de su amigo; pero sabía que mientras Rafi no hablara, él debía respetar su silencio.
-“¿No me vas a preguntá que ma pasao?. ¿Así se priocupan los zeñoritos de sus amigos?”- y siguió su interrumpido silencio.
-¿Cómo te encuentras? Me preocupa que estés bien, porque lo que te ha pasado me lo figuro- dando por hecho que las locuras de Rafi siempre tendrían un hospital al final de ellas.
-“Pos no te figure na, que tos os equivocáis ¿Que ma cogío un toro?  Pos no, a mi un toro no me coge en er campo”.- Jandro se le puso delante y lo paró. Abriendo mucho los ojos le preguntó
-¿El mayoral de la duquesa? ¿Te ha…?
-“Ja, ja, ja… er mayorá; pos no tié que corré na ese andoba pa trincarme. Ni a caballo, chavó, ni a caballo”- y viendo el respiro de alivio que Jandro daba al oírle, se irguió de nuevo con su típica figura altanera y caminó, apartándole de su camino con un suave empujón.
-“Ni er toro, ni er mayorá. Ha sio la joia bici que te trinqué antiayé mientra estaba aquí, pa ir al cortijo la zeñora y otra vé lo civile. Es como si crecieran en lo caminos. Estoy seguro que hay má civile que cristianos”
-Pero… ¿que te pasó con mi bici? ni que fuera un morlaco de esos del cortijo…
-“Me pasó que, cuando los ví veni, me entró un tembló y un canguele que sin maquiná ná, me tiré a la cuneta”
-Vaya, caíste sobre una piedra- sentenció Jandro sonriendo. Al verlo sonreír, Rafi se achantó de nuevo, encogió los hombros y sin contestar siguió su camino muy serio. De nuevo, el mismo proceso, alcanzarlo, caminar junto a él y esperar que se recuperara del hundimiento psicológico.
Era un continuo tira y afloja el estado anímico y psicológico de Rafi y Jandro lo sabía, aunque no entendía qué estaba ocurriendo en su cerebro, ni tan siquiera que el problema estuviese en esa debilidad psicológica, típica de las personas que funcionan mas con las emociones que con la razón; de los artistas, de los inspirados por las musas de las artes, personas que siempre vivirían en un mundo absolutamente desconocido para él, ahora y en su largo futuro.
Pero sí estaba aprendiendo a respetarlo, a saber estar con él y que él se encontrase cómodo con su compañía.
Cerca de la casa de Jandro, cuando todo parecía hablado, Rafi le empujó hacia la calle Bizcocheros, haciendo que Jandro entrase por la puerta de los garajes y así hacer el camino mas largo.
-“No había cuneta”- Jandro intentó aguantar la respiración para evitar soltar una carcajada y, esperando que se le pasase el primer impulso, Rafi continuó –“Caí por un terraplén un jartón de jondo y en er fondo me rompí el braso al intentá esquivá una piera  jartá grande”
-¡Vaya!… ¿y lo de la cara, te diste contra el suelo?- el amigo lo miró
-“¿Esto?. ¡Qué va!”- se lo frotó con su mano derecha mientras se sonreía –“ fue mi pare de una mascá cuando me vió llegá; se maquinó que mabían trincao los civile y mabían puesto a cardo”- sin dejarle hablar y mientras volvía a enderezar su figura, prosiguió- “¡A mi los civile me van a trincá antié!”- Jandro rió para sus adentros, pensando en la paralización de todos los miembros de Rafi siempre que veía llegar a la pareja de la guardia civil. -“Pero güeno, niño, ¿ahora como pueo jugá a la raqueta con er braso y el pinré roto? Porque er doctó madicho que por lo meno quince día”
-Rafi, si el doctor te ha dicho eso, deberás esperar quince días. Además, si tienes también el pie roto, difícilmente podrás jugar a nada.
-“Pue tú juega con la derecha y a mi se ma joio la otra. Y si tú pue con esa yo también, que lo que tu jagas yo lo jago y, si duele al prisipio, que se joa, no jaberse partio. Ademá, er pie no ta roto, sa escachifollao er tobillo. Lo único que me priocupa es que no pueo cogé er capote con esa mano, pero mientra,  me mantengo en forma jugando contigo”
-Está bien, hablaré en el club para ver de que forma puedes entrar a jugar conmigo, pero me temo que poco podremos jugar así
-“¡Amos a vé, chavó!… ¿No es tuyo er clú? Si yo he visto que cuando tu entra aentro tor mundo te sigue onde tu va y cuando juega están tos mirando”                                                                                            

-¡El club qué va a ser mio! Lo que pasa es que como soy el campeón de los juveniles pues me cuidan algo más, pero de ahí a que me autoricen a que tú pases para jugar… Ya veremos, déjame que lo pregunte y hable con mi padre
-“¡Ya lo arregló to er listillo este. Como hables con tu pare, va a entrá er menda en er clú cuando güerva Manolete!
-Yo no entiendo por qué le tienes tanta manía a mi padre, si él no sabe ni que existes- Llegaban en ese momento a la puerta de acceso al garaje, por la calle Caracuel, cuando sonó el claxon de un automóvil avisándoles de que iba a entrar al mismo tiempo que ellos. Jandro reconoció inmediatamente el coche, a su conductor y, sentado detrás a su padre.
Antes de que Rafi pusiera pies en polvorosa, se abrió la puerta del auto y salió el “diablo” tan temido por el chico.
-¡Hola hijo! ¿Vienes de entrenar?.- sin dar opción a contestación alguna, prosiguió – Por cierto, preséntame a tu trastabillado amigo que debe ser, por lo menos, uno de los últimos de Filipinas- mientras le tendía la mano.
-“A mi no mi tié que presentá naide, ni yo soy de Fiplina ni ná- se adelantó Rafi descaradamente –yo soy Rafaé, el hijo Francisco…”
-Papá- le interrumpió Jandro –él es Rafi, un amigo del Barrio de Santiago que quiere que le enseñe a jugar al tenis. Pero me temo que en el club no le van a dejar pasar porque no es socio.
-Bien, bien, Rafi, eso de que quieras aprender un deporte dice mucho en tu favor. Pero me temo que vas a tener que esperar a que se te arregle ese hueso y, por lo que veo, ahora que me fijo, también ese dedo. ¿Se puede saber donde has conseguido hacerte esa escabechina?
-“Yo no me jecho ná, zeñó, me caí por un terraplén cuando…”- de nuevo Jandro interrumpió las explicaciones de su amigo, temiendo que dijese algo que no debía.
-Sí, papá, se cayó por un terraplén al intentar recoger un balón que se nos había ido.
-Bueno, no me deis más explicaciones o tendremos que haceros un careo para conocer toda la verdad. Pero, por lo menos, te llamarás Rafael ¿Verdad?
-“Y bautizao en Santiago con agua bendita, como Dio manda”
-Acompañadme, que vamos a coger el toro por los cuernos y llamar a ver si conseguimos algo- mientras tiraba de ambos hacia sus oficinas.
-“Yo a un toro no lo cojo por los pitone ni muerto; torearlo lo que uzté quiera pero a los pitones que sarrime er mayorá, que los conoce de chequitito”- El padre de Jandro le miró de reojo mientras le preguntaba
-¿Es que te gusta torear? Me pareces aun algo joven para esos menesteres- Rafi, como ignorando la presencia del padre de Jandro, cogió a este por el codo y le comentó casi susurrando
-“Chavó, yo es que a tu pare no le entiendo na de lo que parla. Es que es mu finoli”
-Dice que…
-Déjalo, hijo, no tiene importancia- y empujándoles suavemente para que pasasen por la puerta del despacho delante suya, entraron en la enorme sala.
Rafi se quedó petrificado en el centro del despacho, mirándolo todo con los ojos muy abiertos, mudo, sorprendentemente mudo para su carácter y, viendo que Jandro se acercaba a la enorme mesa en la que ya se había sentado su padre, se quedó observando como éste, tomaba el teléfono, marcaba y se ponía a la espera
-Juan, por favor, llámeme al club Nazaret y póngame con el Director. Gracias.- Fue en ese momento cuando Rafi, no pudiendo aguantar más su silencio, soltó un resoplido que hizo moverse algunos papeles que había sobre la enorme mesa
-“¡Tío, esto es mas grande que toa mi casa!. ¡Chavól, tu has chingao que peaso mesa, si paese er campo jurbo der Jeré!- y sentándose en uno de los sillones del despacho, se quedó mirando como el padre de Jandro leía unos papeles mientras esperaba la llamada de teléfono.
-Por cierto, Rafael… ¿es mucha impertinencia por mi parte preguntarte a que dedicas tu vida?- Rafi, cogido absolutamente de sorpresa se quedó mirando a Jandro con los ojos abiertos como platos. Se puso en pié, se acercó a Jandro y casi al oído pero con un tono normal, le confesó
-“Tío, yo es que nontiendo na de lo que dise tu pare. Habla tan finoli que no mentero”- y dirigiéndose al padre –“¿uzté quiere sabé que es lo que jago?”
-Efectivamente, si no es indiscreción por mi parte- y empezando a entender que efectivamente su forma de hablar era dificultosa de entender por el chico, se acomodó en el sillón y esperó sonriente la respuesta.
-“Oiga uzté, zeñó”- a mayor estado nervioso, mayor cerrazón en su forma de expresarse –“es que no mentero lo que dice…”
-Vaya, observo una cierta dureza de oídos que no te permite recepcionar claramente mis palabras, o… ¿Es quizás, mi dicción la que te impide entender los vocablos que pronuncio?
Jandro miraba a su padre sorprendido y de reojo observaba a su amigo que entre la enorme altura de la mesa y que su cuerpo se iba arrugando a medida que avanzaba la conversación, parecía más bajito de lo que era, esperando la “espantá” de Rafi en cualquier momento.
-“¡Yo le juro por tos mis muertos que yo no jecho na!- y mirando de nuevo a su amigo –“¿en qué indioma parla tu pare?. Si no me parla uzté en cristiano no le voy a contestá”- haciendo ademán de ir hacia la puerta del despacho; justo en el momento en que el teléfono de la mesa comenzaba a sonar. Al oír el timbrazo, Rafi saltó como una liebre al alcanzarle un disparo y volviéndose con los ojos muy abiertos, se quedó como petrificado mirando al padre de Jandro hablar por aquél artilugio que Rafi hasta ese momento no había visto nunca. Mientras el padre hablaba, él se fue acercando lentamente hasta llegar a la altura de Jandro.
-“¿Tú has visto eso? ¿A quien le parla?”- miraba sorprendido como el padre de Jandro conversaba con aquel sorprendente aparato
-Está hablando con el director del club Nazaret
-“Y ¿onde está er directó?”
-Creo que en el club.. ¿por qué?
-“¡¡¡Joerr, por qué dise!!! ¿Como va llegá desde aquí hasta er clú?”- y pensándolo mas despacio, le preguntó –“¿Tu pare habla con tor mundo ende aquí, sin tené que moverse?. y, si yo quiero…”
-Perdonad que os interrumpa tan interesante conversación. Acabo de hablar con el Director del club y me dice que está dispuesto a aceptar que Rafael entre durante las vacaciones a practicar tenis, siempre que lo hagáis entre las ocho y las diez de la mañana, para que ningún socio se sienta molesto por esa deferencia hacia ti, hijo.- Jandro aplaudió la información mientras que Rafi le miraba esperando la obligada traducción.
-Rafi, que el director del club te deja entrar a jugar conmigo todos los días desde las ocho hasta las diez.
-“Pero yo no pago na, ¡eh!, que yo voy solo a aprendé”
-¿Pagar?.- pregunta el padre de Jandro -¿Podrías pagar unas clases de tenis?- mirándolo con su clásica sonrisa entre irónica y burlona
“-Si trinco un buen fardo de estraperlo, seguro que pueo, pero prefiero  trapichearme ante una buena muleta, que la que tengo tá mas remendá que er cuerpo Bermonte”
-¡Vaya, vaya, Rafael… de modo que lo que a ti te gusta es torear! ¡Ya me parecía a mi que algo no me cuadraba en todo este asunto y…- e irguiendo su cuerpo y apoyando los codos sobre la mesa para dominar mas a la pareja de amigos que tenía delante -¿para qué quieres aprender a jugar al tenis?… y no mires a mi hijo para contestar que me entiendes perfectamente- termina la frase agravando su voz para darle mayor firmeza a sus palabras. Rafi, tieso como cuando se pone delante de un toro y queriendo mirar a Jandro pero sin torcer un milímetro su cabeza, balbucea
-“Es que, verá uzté, no siempre pueo ir a las capea que me invitan y…- intentando que el padre no le vea, mueve muy despacio su pié hacia la pierna de Jandro para que este le ayude a salir del trance, pero D. Antonio, el padre de Jandro, mira a su hijo sin decir palabra, mirada que Jandro conoce perfectamente y que es suficiente para no intervenir en ayuda de su pobre amigo –y…, como usté pue comprendé… -y sin poder aguantar más, se vuelve hacia Jandro y le increpa -¡es que no vas a disí na joé, ¿no ves que me tié contra las tablas?…
-Un momento, Rafael, tranquilízate que nadie te está presionando- y viendo la tensión con la que el chico se encuentra enfrentado, se apoltrona de nuevo en su sillón y le invita a sentarse junto a Jandro. Rafi lo ve como una salida y, sentándose, respira profundamente. –Vamos a ver, hijo- prosigue D. Antonio –si te consideras suficientemente mayor para saber que quieres ser torero, también debes ser lo suficientemente mayor para ir con la cara bien alta por la vida y, eso, solo se consigue si llevas la verdad como bandera. Por tanto, me gustaría oír de tus labios el motivo por el que quieres que mi hijo te enseñe a jugar al tenis.- y, con una casi sonrisa en los labios, se acomoda en el sillón en espera de que Rafi sea capaz de reaccionar.
Un largo e inmóvil silencio se hizo en el despacho, mientras por la cabeza de ambos chicos pasaban ráfagas de posibilidades futuras, hasta que Rafi, en un gesto que Jandro conocía tan bien, pero que solo se lo había visto cuando llegaba a la altura del toro de turno, se irguió en su sillón, hinchó el pecho y, dirigiéndose a D. Antonio
-“Si zeñó, yo siempre voy con la cabeza mu arta, pero a los pobre la via le dá mucha corná y pa salí palante solo tenemo el estraperlo, algún alijo pa trapiche o meterte en una plaza pa que un toro te mande a la gloria o ar sementerio. Como cada vé hay ma vigilancia, er menda y mi pare no tenemos pa dá de comé a mi mare y como naide me invita a los tentaeros para praticá porque semo pobre, pa está en forma quiero jasé teni y cuando tenga una oportuniá dir a una novillá a vé si me vé un empresario”- y soltando todo el aire de sus pulmones, se sentó como si hubiese terminado una faena perfecta.
-Bien, bien; parece que las cosas se van aclarando. ¿No vas a la escuela?
-“¿A la escuela, le paece poca escuela la via misma?. Sé leé y argo describí..”
-¿Tu padre no tiene un trabajo fijo?
-“No, zeñó”.
-Bien, dile que venga a verme, intentaremos resolver ese problema, siempre que tú me prometas dos cosas. Primera, aprender a leer y escribir correctamente porque si llegas a ser un buen torero necesitarás de ello. Segundo, que el tiempo que mi hijo te dedique que sea aprovechado por ti al máximo. El solo puede practicar a fondo su tenis en verano y no quisiera que perdiese el tiempo contigo. En invierno sus estudios son lo único y primordial- termina mirando más a Jandro que a Rafi.
-“¿Le va a dá usté currele a mi pare?. Y… ¿no podría dárselo cuiando la plaza toro Jeré? Es que sabemo que er que la cuia se va jubilá y…”
-¿La plaza de toros? Interesante, muy interesante. Veré que puedo hacer. Dile que venga a verme- y levantándose dio por terminada la charla –Ahora dejadme, que tengo algunas cosas que hacer.
Y se fueron a la mayor velocidad que les permitieron sus piernas y la curiosidad de Rafi por todo lo que le rodeaba. Llegados a la puerta principal del edificio, Rafi se dirigió a ella llenando su pecho de aire y suficiencia y, al ver que Jandro se dirigía hacia las escaleras de acceso a su casa, le conminó.

-“¡Eh, chavó, mañana a la ocho en punto en la puerta er clú…”- y salía como pavo real en su terreno cuando se volvió de nuevo –“… y no te orvie de llevá mis trasto”
-Como usted ordene, maestro
-“Ezo… maestro…”- y todo ufano salió por la puerta principal como torero por la puerta grande una tarde de gloria.

 CAP. XI  LA SUERTE

Casi un mes ininterrumpidamente se vieron en la puerta del club; casi un mes de aprendizaje en el que Rafi demostró una gran habilidad para el deporte, aunque Jandro, chico que con su amistad a Rafi demostraba una gran paciencia, se pasaba una hora casi diaria diciéndole siempre lo mismo
-¡Rafi, que la raqueta no es una muleta para torear; hay que moverla más rápido. ¿No ves que todas las bolas se pasan sin que las des?
-“Ya lo sé, niñato, lo que tú nontiendes es que es er movimiento lo que minteresa. A la bola que le den paztilla de jabón”
-¡Claro, pero así nunca aprenderás a jugar al tenis!
-“¡Chavó, ya no te lo ripito má; a vé si tentera. A mí mi gusta este juego porque se parece a como yo tengo que practicá con er trapo y asín me mantego ar día. ¿Tan terao?”- insistía Rafi ante la paciente corrección de sus movimientos tenísticos.
-Pues claro que me he enterado, pero, si aprendes a jugar, los movimientos de revés y drive los harás muchas más veces durante la hora de juego. Ahora, lo único que hacemos es recoger las bolas al fondo de tu pista- al oír esta explicación, Rafi, que de torpe no tenía nada, se quedó mirándolo fijamente. Jandro nunca más tuvo que corregirle los movimientos por su lentitud.
Rafi aprendía rápido y bien, hasta el punto de ponerle en apuros en, cada vez, más ocasiones. El saque ya no le interesaba y cada vez que Jandro intentaba enseñárselo, él le rectificaba
-“Na, pisha, ese movimiento no vale pa ná, que los toros no vuelan”- y le insistía en el peloteo.
Todo marchaba bien y su amigo aprendía a gran velocidad; para Jandro, aquellas horas extras semanales, enseñando a Rafi, le sirvieron mucho para coger masa muscular y conseguir mayor potencia a su juego, por lo que su entrenador le animaba a seguir impartiendo clases, tanto a Rafi como a cualquier otro amigo que se lo propusiese. Tenía que aprovechar el verano.
Como todos los días, quedaron en la puerta del club, hasta aquella mañana de julio en la que al encontrarse, Rafi le echó el brazo por los hombros
-“Chavó, hoy es el úrtimo día; mañana hay una novillá en San José y voy de relleno”
-¿Te han dado una novillada en un pueblo de Jerez?. ¡Rafi, eso es estupendo! ¿Quién te la ha conseguido?
-“No lo sé, mi pare dise que estaba en las oficinas de la plasa de toro cuando er jefe le llamó pa preguntarle que si yo era er maletilla que quería sé novillero. ¡Er tío, como si yo fuera un principiante y llevo mas morlacos a la esparda que to los novilleros de Cái”
-Supongo que eso se lo tendrás que demostrar en la plaza…
-“Claro que se lo voy a demostrá, pero pa eso er novillo tie que trincá bien trincao a uno de la terna”
-¡Hombre, Rafi, no seas bruto, que lo puede matar!
-“Pero ellos ya tienen carté y yo necesito jacermelo y… o aprovecho la oportuniá o no me dan otra. Esto der toro es mu difisi”- y se dedicaron a la practica del tenis hasta que su tiempo terminó
El sábado, Jandro salía con sus amigos al anochecer, cuando se encontró con su padre que entraba en el edificio
-Buenas tardes, jovencitos. ¿Hacia donde va la troupe?
-Hola, D. Antonio. Primero vamos a los Jesuitas a jugar unas partidas de ping-pong- mientras Joqui contestaba, el padre de Jandro tomó a este por los hombros
-Id delante, que ahora os alcanza Jandro- y dirigiéndose a este -¿Sabes de donde vengo?
-De trabajar, como siempre
-Pues hoy no, hijo; hoy me invitaron a una novillada en Jédula y de allí vengo ahora- Jandro le miraba esperando alguna aclaración mas, ya que no era normal que su padre le hiciese ni ese ni parecidos comentarios de su vida y hacienda –en la que, desgraciadamente el segundo novillo ha empitonado al novillero y no ha salido muy bien parado, pero… ¿sabes quien le ha sustituido?- inmediatamente Jandro se dio cuenta de lo pasado y, aun desconociendo a qué pueblo había ido a torear, le interrumpió
-¿Rafi? ¿Ha podido torear Rafi? ¿Y tu lo has visto?
-Sí, sí, sí- contestó el padre lacónicamente, sonriendo al ver la alegría de Jandro. En ese momento el chico se olvidó de sus amigos y de jugar a nada que no fuera saber cómo le había ido a su compañero de andanzas. Ante la avalancha de preguntas, prosiguió  –Está bien, no te impacientes, pero antes tengo que darte dos noticias, una buena y otra casi mala. Hemos ido juntos algunos del Casino y en el viaje me han comentado que, en el club, algunos socios se han enterado de las entradas de Rafi y le han pedido al Presidente que también les permita a sus hijos llevar amigos durante el verano. Ante esa situación, D. Luis me ha pedido que Rafi no vuelva al club o tendría que dejar pasar a todos los jóvenes de Jerez. Por otra parte, no debe importarte mucho, ya que la semana que viene nos vamos a Gaucín de vacaciones y, como bien sabes, allí pasaréis el resto del verano
Jandro, pensándolo detenidamente, comprendió y aceptó de buen grado; sabía que cualquier otra solución hubiese comprometido a su padre y él sabía que no debía pedírselo.
 -¿Esa es la casi mala?
-Exacto. Pero no todo es malo. En la plaza me senté junto a D. Miguel, actual concesionario de la plaza de toros. Me ha informado que entrevistó al padre de Rafael y le ha parecido adecuado para que lleve el mantenimiento de la plaza de Jerez, aunque al principio estará algún tiempo solapado con el actual mantenedor para que vaya conociendo el trabajo. El padre de Rafael aun no lo sabe, pues D. Miguel tiene que hacer aun algunas investigaciones con ciertos organismos oficiales para conocer su trayectoria, ya que su “hoja de servicio” debe estar perfectamente limpia. Esto no lo entenderás aun, pero debes saber que vivimos unos tiempos en los que las personas que formamos la clase media y baja, aunque también muchos de la clase alta, no nos podemos permitir el lujo de ensuciar nuestra “hoja de servicio”, ya que hay mucha envidia y recelo y cualquier denuncia podría acabar muy mal para quien cometa un error. Por tanto, espera a que termine la investigación, aunque yo ya sé que, excepto el tema del estraperlo que por ahora no tiene consideración de delito, el padre de Rafael está bastante limpio- y, tomándose un pequeño respiro mientras paseaban por el gran patio árabe, decorado en blanco mármol tanto en el suelo como el friso de las paredes y columnas centrales, todo él cubierto por una majestuosa y enorme montera de acero y vidrio que dejaba pasar la mortecina luz del atardecer de Julio, y que formaba el centro distribuidor de las grandes oficinas de la empresa en la que D. Antonio era el director, prosiguió –Con respecto a la novillada de esta tarde, he de reconocer que, después de la triste cogida de Pepe Luís que, además, es el hijo del capataz de la ganadería de Torre Alta y que, el pobre, se encontraba en la plaza en burladeros, cambiando de tercio, la salida de Rafael ha sido realmente espectacular. Si, no me mires así que es cierto. Ha hecho una faena a un novillo ya toreado bastante buena, pero, lo mejor se lo ha guardado para el quinto de la tarde. Yo sé que tú no entiendes de toros y que yo tampoco soy un gran aficionado, pero por los comentarios a mi alrededor de personas que viven por y para el toro, el capote lo maneja con una soltura propia de los grandes toreros con experiencia. Ya ves, y se lo tenía bien guardado. Luego, con la muleta, Rafael ha hecho una faena extraordinaria. Pero lo grandioso ha sido cuando ha entrado a matar. Con lo pequeño que es ha sido capaz de meter el estoque hasta “la bola”, como dicen en el argot taurino. Si, realmente interesante. Aunque supongo que ya él te dará muchos más detalles.
-¿De verdad, papá?- le pregunta Jandro con todos los vellos de su cuerpo en punta por la emoción de ver a su amigo camino del triunfo que tanto buscaba
-Si, hijo, si; yo también me he sorprendido. Y hay mas cosas que me han comentado en la misma plaza y volviendo en el coche, pero no puedo adelantarte nada ya que, estas cosas, cuando se hablan fuera de lugar y hora, llevan al traste todo lo que se piensa. Ya te irás enterando por él mismo cuando vuelvas de las vacaciones
-Bueno, si esas cosas tú crees que aun no me las debes contar, como supongo que son buenas para Rafi, mejor espero a que él me las cuente cuando las sepa- se acercó a su padre y le dio un beso -Gracias papá y no te preocupes que nada diré mientras no deba hacerlo- esperando que su padre le indicase que había terminado, al ver el gesto, Jandro salió corriendo hacia la calle mientras gritaba
-¡Ah, el lunes empieza el torneo de El Puerto; cuando vuelva de jugar en los Jesuitas, te lo cuento, aunque ya mamá lo sabe todo- y siguió corriendo sin dar opción a su padre a mas preguntas.

 CAP. XII  EL MAESTRO

El domingo, al terminar la misa de doce en Santo Domingo, Jandro salió hacia el club para acordar con su entrenador el plan del lunes y, al doblar la última esquina de la calle Honda, camino de la carretera, le salió al paso Rafi. Al verlo, Jandro dio un frenazo y, casi tirándose en carrera a la acera, se le quedó mirando sonriente.
-¡Maestro! ¡En hombros y por la puerta grande, nada menos!
-“¡Quieto ahí, chavó, que estás parlando con un torero de verdá!”- serio, como siempre, enjuto, estirado como el cuello de una jirafa y, sacando más pecho que la María Callas en un aria, le echó el brazo por los hombros y le abrazó, eso si, a su especial manera –“Puse la plasa en pié, niño; er quinto no era un novillo, era un morlaco con má de 400 kilos. Me salió recto, derecho ar centro la plasa y allí se me plantó bufando; vamos, que le metió cangueli a tor tendio, meno ar menda, ar maestro. Le enseñé er capote ende er burlaero, pa encelarlo y cuando lo tuve fijo, salí a los tercios y allí se marrancó. Le di una gaonera y le metí la caera pa rozarle el cuarto trasero; na má me sintió, se revorvió y lo recibí con una chicuelina y dos medias verónicas que le rompieron los riñones y lo dejó seco. Mira, chavó, me separé de él unos pasos y ahí me vorví loco. Cuando, echando la vista ar tendio me di cuenta de onde estaba y que tos estaban mirándome, me entró una desasón por entro y le jice maravilla”.- Tomó aire y prosiguió –“La plasa en pié. Yo, Rafael, er maestro, tenia la plasa a mi pie y ar toro encelao en er capote. Pero, claro, argo tenía que dejá pa la muleta. Mabia tocao la suerte y tenía caprovecharla. Cuando salí con la muleta, marrimé tanto que, ar pasá, ar bicho le olí hasta elaliento. La primera tanda pegao a tabla, como debe sé, pero claro, tos querían verme y me lo llevé a los medios y allí puse la plasa en pié”- de nuevo toma de aliento, recuperación de la respiración, mientras ambos caminaban hacia el club y… -“¡Como sería el morlaco que, cuando cogí el estoque pa matá y macerqué ar bicho, me dí cuenta de la artura que tenía y que no podía matarlo recibiendo, asín que tuve que encelarlo en er capote pa humillarlo, amo, pa bajarle la cabeza, porque no le llegaba ar morrillo”- miró a Jandro por encima del hombro, con displicencia –“¡Ar volapié, a la primera, derecha, en tor morrillo y hasta la crú! ¿Tú sabes lo ques ezo pa sé la primera vé que mato un toro?. Morreó dos veses, er tiempo de llegá la cuadrilla der Joseluí y la plasa ma en pié que un sanbenito, chavó. ¡Que ties tratos con un maestro que en un año he roto en dos toas las plasas de España, reventá de no cavé la gente!”- nada que añadir, nada más que comentar.
Aquel sábado, por suerte del destino, a Rafi se le abrieron las puertas de la fama.
¿Se puede uno sentir orgullo por la amistad de alguien? Nada entendía Jandro, pero lo cierto era que, si hasta aquellos momentos, la amistad, la personalidad, la gallardía de su buen amigo Rafi, le atraían poderosamente, ahora, siendo ya un novillero que empezaba y al que habían dedicado nada menos que la primera página del periódico de la ciudad, estar a su lado y que la gente y conocidos le viesen con él, el chico sentía más satisfacción que cuando sonaban los aplausos al ganar una final del campeonato de tenis.
Aquel verano Rafi no tenía novilladas, ya que, la única hasta esos momentos fue por sustitución de un compañero. Sin embargo, de nada le hubiese servido a Jandro, ya que llegado Julio, él, junto con toda su familia y algún que otro amigo, se iban a pasar dos largos meses a El Colmenar, estación del tren cercana a Gaucín, pueblo de la serranía de Ronda, perdido en el más profundo y ancestral paraje de la sierra de Málaga, justo donde tenía el nacimiento el río Guadiaro.
Allí pasó el verano en un lugar donde  Dios creó el paraíso, que aunque nadie lo haya querido reconocer, Jandro da fe de que por allí aun anda la víbora maldita que engañó a Eva; pero esa es otra historia de Jandro.
Y de nuevo Jerez, con su rutina para todos, después de la libertad que se disfruta pasando dos meses sin más límites que la propia imaginación, con todo por descubrir. Pero para Jandro, la vuelta a casa tenía un aliciente especial, tener noticias de su amigo Rafi, al que suponía ya en la gloria. Dulce inocencia que la vida aun no le había tirado por tierra.
Sin embargo, llegó octubre sin mas noticias que alguna reseña en los periódicos que su padre leía. Novillada por aquí, capea por allá y poco más. Octubre, en aquellos tristes años, era mes de aguas y bastante frío, que ya no pararían hasta los soleados abriles.
Si, Jandro recuerda aquellos meses como los más tristes del año porque, aquellos que disfrutan del aire libre y del deporte como forma de vida, fuera de los estudios, las lluvias lo paralizaban todo, incluso las corridas de toros, novilladas y capeas; pero aquel soleado sábado, al salir del club, le vio esperándole en la puerta.
-¡Vaya, la figura del toreo se digna visitar a un amigo! ¿No te has equivocado de plaza?- el irónico recibimiento de Jandro, aprendido de su padre en su obsesión por ser como él, no estaba al nivel intelectual de su amigo que lo tomó como un halago
-“Es que ya me fartan hora pa to lo que no sea er toreo. Pero como ya ha entrao la temporá baja y er menda aun no pue jasé la américa, pos me voy a prepará pa la prósima temporá. Chavó, nesesito que me dé una informasió”- Viendo estrepitosamente fracasado su primer intento de echar en cara a Rafi su alejamiento, insistió
-¿Cómo es que todo un virtuoso de la gloria como tú, necesita información de un pobre terrícola como yo?- pero, como tirar piedras contra un muro de hormigón, o Rafi se hacía el sordo o, realmente, estaba muy por encima de las irónicas envestidas de su amigo, o, realmente, ser conato de novillero se le había subido a la cabeza, lo cierto era que no reaccionaba a la mala intención de Jandro
-“Me ties que disí lo que míe er campo der teni, la distansia que jay entre las raya, que las nesesito y to lo que míe la malla der medio”
-Y, ¿tú para qué quieres esas medidas? Ni que te fueras a dedicar a hacer pistas de tenis…
-“¡Chavó, tanto jugá y tanta historia y no  te sabe lo que mie er campo! ¡No te digo yo!”
-¿Y no me vas a decir para qué lo quieres?
-“Entoavía no, que la cosa que se cuentan endeluego to sale chungo. Pero seguro que te va gustá”- Jandro, al comprobar que su amigo pretendía hacer algo en secreto, no quiso insistirle mas porque, da haberlo hecho y conociendo el carácter de Rafi, seguro que el secreto hubiese dejado de serlo esa misma tarde. Tal y como le pedía, le pintó una pista de tenis con sus correspondientes medidas, a lo que Rafi, al ver el croquis se acercó al amigo
-“Yo es que zoy mu burro. ¿Cuá es la malla que está en er centro…?”- y siguieron las explicaciones hasta que todo quedó claro en la cabeza, bastante mas lista de lo que pudiera parecer, de Rafi.
Sorprendentemente en esta ocasión, Rafi, contra viento y marea, dado su carácter, cerró su boca a cal y canto. Se volvieron a ver en tres ocasiones más, pero, cada vez que Jandro le intentaba sacar información sobre lo que estaba haciendo, siempre recibía la misma respuesta: “cosas”. Si, como le había garantizado, ya no iba de maletilla porque los cortijeros le invitaban a capeas, si el estraperlo había quedado en el cajón del olvido, dado que su padre ya tenía un trabajo digno y en su casa “ya no fartaba de ná”, Jandro no entendía que hacía tantas horas al día su amigo sin aparecer ni tener noticias suyas.
Algo preocupado por la falta de noticias, recurrió a su padre cuando, en una de sus llegadas a casa desde el colegio, lo encontró en la puerta.
-Oye, papá. ¿Tú sabes algo de mi amigo Rafi, el novillero?
-¿Por qué? Ahora no es tiempo de toros, luego lo supongo trabajando en algún lugar para ayudar en su casa. Sé que su padre cuida la plaza de toros de Jerez, pero de él nada sé.
-No importa, es que como hace tiempo que no sé de él y, como tú dices, ya no es tiempo de novilladas, me sorprende que no venga a verme. Bueno, ya vendrá. Hasta luego- y viendo que su amigo Chiqui pasaba por la acera de su casa, fue a salir corriendo para alcanzarle, pero su padre le detuvo
-¿A donde vas? Es hora de comer y tu madre te estará esperando.
-Solo es un momento, papá. Es que Chiqui va por ahí y necesito que esta tarde nos veamos para preparar un trabajo del colegio
-Está bien, pero no tardes que a tu madre le gusta que todos lleguéis a la mesa a tiempo- Jandro salió corriendo para alcanzar a su amigo. Una vez hubo hablado con él, aun  pudo alcanzar a su padre que subía las escaleras para casa.
Y la vida siguió sin alteraciones, como era natural.

 
CAP. XIII   SU CLUB PRIVADO

Salía Jandro del colegio aquel mediodía, de un jueves de Noviembre sorprendentemente soleado. No iba con sus acostumbrados amigos pues las tardes de los jueves las dedicaba a jugar al fútbol y este, no era deporte para ellos, quizás ningún otro. Parados en la puerta del colegio, acordando a qué hora se jugaría el partido contra los chicos de La salle, Jandro oyó un fuerte silbido, inequívoca señal y sonido de que su amigo rondaba las inmediaciones; pero tenía que esperar, pues le interesaba estar informado de todo lo que correspondía al partido de esa tarde.
Corto fue el intervalo  con el segundo aviso y, conocedor de las reacciones siempre imprevistas de Rafi, se despidió de los compañeros y, con la mirada, le buscó en la calle. Allí le vio, junto a uno de los grandes árboles que llenaban la calle del colegio de agradables sombras veraniegas y de ingentes cantidades de pequeñas bolitas amarillentas en aquellas épocas del año y que, en muchas ocasiones, habían sido motivo de caídas de los peatones jerezanos.
Brazos en jarra, pecho altivo y mirada indiferente a todo lo que le rodeaba; eso sí, su gran nariz y esa seriedad que jamás dejó traslucir sus emociones, componían la figura de alguien que nació perdido entre los mortales comunes y se reveló contra su destino a costa del dolor y del miedo.
Jandro se acercó hasta donde le esperaba porque, en sus encuentros, Rafi jamás dio un paso hacia su amigo, siempre era Jandro quien tenía que acercarse a él; el chico lo interpretaba como forma de ser, la personalidad sensible que dominaba la voluntad de Rafi.
-“¿Es que voy a tené que traerme una silla pa esperá a que termine? ¡Como no estáis tiempo juntos en er colegio, ar salí toavía tenéis que darle a la machiri! ¡Anda que, y yo con tó lo que tengo que acarrear, aquí plantao!
-Perdona Rafi, es que esta tarde tenemos partido y necesitaba saber a que hora quedamos…
-“¿Partio? ¿Esta tarde? ¡Pos va a sé que no, chavó, que esta tarde er menda y tú tenemo que dir a otro lao!”- y, como siempre, dándose la vuelta y dando todo por resuelto, comenzó a andar en dirección a la casa de Jandro
-Esta vez, me temo que no va a poder ser porque, en el colegio, no entienden de amigos y si esta tarde no voy al partido, mañana los curas me dan un cero en conducta y me estropean las Navidades- Casi gritaba Jandro, al mismo tiempo que intentaba alcanzar a su amigo con la maleta llena de libros a cuesta. Rafi ladeó su cabeza para atajarle
-“Ahora resurta que tor currele quer menda sa cargao en las esparda y to lo ca tenío que apañá pa que tú me digas que no pues vení”- pero comprendiendo que la excusa de Jandro era lógica, cambió el tono de su voz; la cadencia nunca. Rafi, que por lo general era bastante hablador, cuando se expresaba, siempre lo hacía despacio, cadencioso, como todos sus movimientos. –“Entonse vendré a verte er sábado por la mañana. ¡Ah! Y tráete lo trasto que vamo jugá ar teni”
-¡Otra vez con ese tema Rafi! Sabes que al club no puedes entrar por que los socios…
-“¡Qué clú ni clú! ¿Quien ta dicho ná de tu clú? Nojotro, los maetro, vamos a otro lao; pero no te digo ná hasta er sábado”- y sin esperar respuesta, como siempre, se fue andando hacia la alameda, meciendo el aire con sus caderas y mirando siempre al tendido, por encima de todos lo mortales.
Se encontraron el sábado y, con los trastos del tenis, salieron por la puerta del garaje en dirección para Jandro desconocida. Pasaban frente a la puerta grande de la plaza de Jerez cuando, Rafi, se detuvo mirándolo, siempre Jandro iba tras él, por edad y por costumbre
-“Aquí me verás argún día, chavó; eso si, en barrera, en er mejón sitio, que te las ganao bien, y te brindaré mi primé toro y si no me sale remolón, te vas a jartá de vé toreo der güeno”- siguió andando hasta la altura de la pequeña puerta de acceso a cuadrillas del tendido seis. La empujó y le cedió el paso
-“Pasa, que mi pare está entro esperando”
-Y ¿para qué vamos a ver a tu padre?
-“Tor día preguntando, quillo; tu pare tié que está amargao perdio”- mientras recorrían el estrecho pasillo que les llevaba directamente al callejón del ruedo. Al llegar a este, la luz del sol le dio de lleno y mientras sus ojos se iban aclimatando al resplandor del sol, vio como el padre de Rafi se dirigía hacia ellos desde el centro de la plaza, levantando el brazo.
-“Buenos días, tú eres er hijo de D. Antonio ¿verdá? Yo soy er pare de Rafaé y mira lo que te hemos jecho entre los do”- y se volvió hacia el centro del ruedo, señalando con su mano izquierda.
Jandro se quedó estupefacto mirando con sus pequeños ojos completamente fuera de sus órbitas al ver, desde el burladero en el que se encontraban, una red de tenis colocada en todo el centro de la plaza. Haciendo caso a Francisco, salió por el burladero y se fue acercando y comprobando como en el suelo y de una forma bastante bien trazada, estaban perfectamente dibujadas las líneas de una pista de tenis. Se acercó a la red. No llevaba tensores, pero ellos habían colocado dos pequeños puntales inclinados para forzar la tensión de la misma. El albero hacía el mismo efecto que la tierra batida donde acostumbraba a jugar y, la falta de redes de contención de las bolas, tanto en laterales como en fondos, le sorprendió gratamente. Tanta espaciosidad le daba mayor sensación de libertad. Se volvió a Rafi sonriendo.
-¿Para esto eran las medidas? ¿Y la red?  ¿Habéis comprado una red con lo caras que son?
-“¿Comprá? Aquí no se compra ná. La ha jecho mi mare y mi títa y er cable lo hemo apañao en ca Sisto, que ahí naide pregunta da onde viene ná”- y volviéndose hacia las tablas –“Naja ya, chavó, que tengo gana de probarla”
Y la probaron. Y siempre que Jandro iba, la pista se encontraba en perfecto estado, recién regada por D. Francisco, y la red lo más tensa posible que aquel curioso artilugio le permitía. Lógicamente se lo comentó a sus padres
-¿Una pista de tenis en el centro de la plaza de Jerez? Curioso e interesante… aunque… os pasaréis el tiempo recogiendo bolas por todo el ruedo…
-No, papá, las recoge D. Francisco, el padre de Rafi
-¿A quien se le ha ocurrido una idea tan curiosa? No estaría mal para usarla en las finales de tenis del campeonato del club, que siempre estamos con el problema del aforo- y el padre de Jandro se quedó pensando en el tema
-Papá…- susurró Jandro, temeroso al verlo pensativo
-Dime, hijo, dime
-¿Qué es el foro ese de la plaza de toros?
-No, Jandro, no es foro, es aforo, o capacidad de asientos de la plaza
-¡Ah!. Gracias, papá- y como siempre, una vez resueltas sus preguntas, salía corriendo, como si se le escapase el último tren para su futuro.
Fueron muchas las veces que Jandro tuvo que practicar tenis dos veces el mismo día, porque Rafi, viendo que su juego empezaba a entretenerle y comprobar que le venía bien para mantenerse en forma, aumentó su requerimiento por los servicios de su amigo.
Rafi, los días que quería jugar con Jandro, primero iba a buscarlo al colegio; dado que el horario era de mañana y tarde, tenía que esperar hasta la salida por la tarde, pero en invierno anochecía pronto, por lo que solo le quedaban los sábados y domingos, que eran los días que Jandro tenía para practicar en su club. A las alambradas del club se iba y lo miraba practicar. Cuando se encontraban a la salida, siempre Rafi le hacía preguntas sobre las clases. “¿Por qué practicaba tanto el servicio? ¿Por qué el profe le obligaba a jugar tan cerca de la red? Preguntas que a Jandro le indicaban el grado de aprendizaje de su amigo y eso le animaba mucho pues, lo que empezó siendo una forma de mantener su estado físico, estaba terminando en un interés creciente por ese deporte en sí.
Y el invierno siguió tranquilo, monótono. Rafi, en sus capeas o en su “club particular”; ahora sí le invitaban a muchas capeas para que estuviera en forma al comienzo de la temporada ya que, el conato de torero, después de su primera intervención en la novillada en Jédula, tuvo dos más en pueblos de alrededores y un afamado torero le apadrinó, un tal Bernardo Muñoz, algo necesario para que le permitiesen la entrada en haciendas y cortijos.
Allá por el mes de Mayo, saliendo del colegio un jueves, Rafi le esperaba en la ancha acera, bajo la sombra de un enorme árbol.
-“Chavó, salua ar maestro…”
-Ya me he enterado, ya. Has firmado tu alternativa en la plaza de Ronda. ¡Enhorabuena!
-“Don Migué ma disho ca invitao a tu pare y yo le he disho que tú ties que dir también”-
-Lo sé, Rafi, lo sé. Pero desgraciadamente el lunes comienzan los preparativos para los exámenes de Reválida y mi padre no permite que bajo ningún concepto pueda perder ni un solo día
-“¿Entonse no pues vení?”
-Creo que no
-“No importa, cuando me presente en Jeré, ar primero le cortaré dos oreja y er rabo, y te los brindaré a tí, pa que tor mundo sentere quien es mi amigo”- y echándole el brazo por los hombros, le acompañó hasta la puerta de su casa.
Todo un año tuvo que pasar hasta que Rafi estuvo preparado para presentarse en la exquisita plaza de toros de Jerez de la Frontera. Año en el que, los compromisos de capeas y novilladas en las tierras de la provincia y entorno, ocuparon casi por completo los días del chico. Durante el invierno, los encuentros fueron más continuos y, casi siempre, iban a practicar tenis a una pista fantástica, ubicada en el centro de la plaza del toros de la ciudad.
En más de una ocasión, hasta hubo espectadores disfrutando, unos, del juego de Jandro, que a medida que crecía se iba haciendo más fuerte y contundente; otros, algunos gitanos del barrio y, también, gente que sabía de las partidas amistosas entre ambos amigos. Rafi, como comenté al principio, tenía una cierta facilidad para dicho deporte pero, sobre todo, el amor propio, que le rebosaba por todos los poros de su cuerpo y perder, aun con su querido amigo Jandro, era algo que no le gustaba absolutamente nada. También es cierto que, Jandro, bajaba su intensidad para igualar la partida y, de vez en cuando, le dejaba ganar y así, animarlo a seguir con el deporte.
Al año siguiente se presentó en Jerez en una corrida con caballos; la entrada, de barrera, entregada en mano por un peón de su cuadrilla, encima del burladero donde posteriormente se colocarían el novillero y su gente;  Jandro tuvo la suerte de poder ir a verle esa vez.
 El primero del cartel y con todo el arte que su figura le deparaba, de espaldas, como mandan los cánones, montera al aire y Jandro, en pie, la recibió con ambas manos. Ni una mirada, ni un gesto más; en esos momentos, su cerebro al completo estaba en las idas y venidas de un novillo, tan grande como media plaza y tan suelto y sin fijar que más parecía un papel al viento de levante que un novillo. Nada podía presagiar Jandro, era la primera vez que asistía a una novillada y, desgraciadamente, como tantas otras veces a lo largo de su dilatada carrera, el miedo y la inseguridad inundaron el ruedo y, desde allí, toda la plaza.
Un silencio absoluto cubrió el ambiente aquella soleada tarde de Mayo cuando, terminada su faena, se acercó a la barrera, estoque y muleta tan alicaídos como la gallardía de aquel amigo que no supo vencer su miedo otra vez.
Nunca mas le contactó Rafi y, Jandro, obligado por los estudios, se fue de Jerez para siempre. La vida les separó aquella nefasta tarde y jamás se volvieron a encontrar; el mundo, a veces, es demasiado grande, o nosotros somos demasiado pequeños, o, quizás, los pequeños sean los lazos de amistad que creemos que nos unen.
Dicen las crónicas de aquellos azarosos tiempos que hubo dos grandes toreros de arte, dos, y Rafi fue uno de ellos. Y a ambos les perdió la inseguridad y el miedo. Jandro, cuando en casual ocasión leyó en los periódicos que a Rafi, en alguna de sus corridas le silbaron y tiraron almohadillas por su incapacidad ante un toro, imposibilitado por el miedo, siempre se preguntaba: ¿Como nadie puede decir que un torero tiene miedo, si ha sido capaz de entrar en un ruedo y poner frente a un morlaco con más de quinientos kilos y fuerza como para lanzarlo por encima de la barrera? ¿No es ya suficiente valor ese?
¡Qué dura fue la vida para los que no tuvieron medios en aquellos difíciles años de un país que se levantaba lenta y quejosamente de la enorme caída que es una guerra civil, injusta hasta para quienes la vieron desde la barrera!

 

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6 respuestas a MEMORIAS DE UNA INOCENCIA. Jugando a ser torero

  1. josepantoni dijo:

    Que arte mi arma !! Alejandro solo he leido dos capitulos, Semana santa, y la escapada, el primero me ha traido recuerdos de cadiz, y de mucha gente, el segundo ya directamente me absorbio, me he divertido mucho , con Rafi, me encanta, me hace recordar algún personaje que conocí por esas tierras, te aseguro que en varios dias la leere, te comentare los capitulos , según como los lea, creo que se lo merece, Jandro también me trae recuerdos, y hacen una pareja expectacular, en que libreria lo puedo adquirir? Me gustaria tenerlo en mi biblioteca.

    • Me alegro que te guste, Jose Antonio. Este es uno de los quince cuentos que escribí hace años. Es una colección que titulé MEMORIAS DE UNA INOCENCIA, basados en experiencias de ese chico llamado Jandro y que, en esencia, fui yo de pequeño; por supuesto, aderezado con mucha imaginación. Pero, tanto el carácter de todos los personajes, como los escenarios y costumbres, son reales.
      ¿Comprar dices? Lo siento, pero nunca los edité. Tienen todos su ISBN y están registrados, por aquello de los derechos de autor, pero no editados. Solo autoedité uno, El víboras, en bubok, donde se puede comprar, pero como los costes de la publicación son muy altos, el precio es demasiado caro para lo que realmente vale.
      Nunca me has dicho como puedo incorporar a mi blog un contador de visitas, pues, por mucho que lo busco en customizar, no aparece esa opción. Lo siento, te ofreciste y ya no pararé de pedir hasta que dejes de contestarme. Saludos

  2. josepantoni dijo:

    Creo que me equivoque de sitio para el comentario, ves como no se tanto como tú dices, aprovecho para reiterarme en el otro comentario, formidable cuento, especial, este es uno de quince, baja los otros poco a poco, gracias. Un saludo

    • Ahora sí que he leído todos tus comentarios. Los primeros que contesté lo hice porque salían en mi correo electrónico, no porque yo supiese entrar aquí, pero ya he cogido la tecla y no se me escapa. De todas formas, ya te he mandado un correo contestándote.

  3. Maravilloso relato!!
    Se llena uno de nostalgia al vivir, junto a los personajes, esas aventuras de los años de juventud.
    Esta es del tipo de historias que entran por los ojos y se quedan en el corazón, para no salir jamás de allí.
    Muchas gracias por el relato!!

    • Gracias a ti, David, por tu visita, lectura y comentarios. Espero poder seguir llegandote al corazón con mis relatos. Ese chico, Jandro, también me llenó de alegrías mis días jóvenes, un tiempo que recuerdo con nostalgia y pena de no poder volver a vivir. Un saludo

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